El actor británico-español Taz Skylar, conocido por su papel como Sanji en One Piece (Netflix) nos recibe en La Casa de los Capitanes Generales de San Cristóbal de La Laguna, un enclave histórico y mágico en el corazón de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad. Entre columnas de piedra y patios que respiran historia, rodamos una entrevista que es mucho más que conversación: es una declaración de intenciones.
Porque si algo define a Taz —como a Canarias— es el contraste. En Tenerife, un 31 de diciembre, puedes empezar el día en pareo o bañador y terminarlo con smoking. Ese espíritu libre y versátil también se refleja en el vestuario 100% made in Canarias que acompaña esta producción, una fusión entre identidad, elegancia y autenticidad.
Taz, nacido bajo el mismo sol isleño, encarna esa dualidad: la calma del océano y la energía de quien vive “haciendo peso adelante”.
—La gente tiene ganas de saber más sobre ti, sobre tu trabajo. Así que, para empezar… ¿Quién es Taz Skylar?
Él sonríe, se encoge de hombros y suelta una risa desbordante.
—¿Esa es tu pregunta para romper el hielo? —bromea—.
Hace una pausa y, tras un momento de reflexión, responde con sinceridad:
—Creo que todavía estoy buscando quién soy. Pero sí sé lo que no soy.




Y empieza a enumerar:
—No soy normal —dice, riendo—. No soy una persona que tenga mucho miedo. Tampoco soy alguien que pueda ir muy lejos sin mis padres. Y definitivamente no soy de los que visten de otro color que no sea negro.
Lo dice con esa mezcla de humor y honestidad que le caracteriza. De hecho, confiesa que para la sesión de fotos tuvimos que convencerlo para salir de su habitual “total black”.
—Para las fotos está bien —explica—, pero cuando me muevo, hablo, interactúo… necesito sentirme cómodo. Es raro conectar con alguien cuando notas que no puede ni respirar por la ropa que lleva.
Skylar defiende la autenticidad incluso en algo tan simple como la forma de vestir:
—Si voy a estar con gente, me gusta sentirme en mi piel. Así que sí, negro total siempre que pueda… y si no se puede, también.
Hay algo de filosofía en su naturalidad. En su forma de hablar, sin filtros, pero con un fondo de búsqueda constante.
“Ya sabemos lo que no eres”, le decimos.
—Exacto —responde sonriendo—. Y con eso, ya sabes bastante de quién soy.
“Empecé a actuar porque no podía pagar a los actores”
Su historia con la interpretación, como muchas cosas en su vida, comenzó por casualidad.
—Empecé porque no tenía dinero para pagar a todos los actores de una obra de teatro que había escrito —recuerda—. Así que le pedí a uno de ellos que me enseñara cómo hacerlo.
El consejo fue simple: “Apréndete las palabras y dilo en voz alta.”
—Y así lo hice. La mayoría de mi vida es una versión de “venga, ok”. No le he echado demasiada ciencia a las cosas.


—¿Cómo llegas a escribir esa primera obra? Porque antes de eso hubo un largo camino, ¿no?
—Sí —responde, sonriendo con cierta nostalgia—. Me fui de casa con 15 años. Me fui a Australia y estuve viajando por todo el mundo hasta los 18. Luego viví en San Sebastián un par de años, trabajando en una fábrica.
Allí, Taz comenzó a mirar su vida con una perspectiva distinta.
—Había conseguido todo lo que quería dentro de ese trabajo. Pero veía a la gente a mi alrededor… y nadie parecía feliz.
Ese pensamiento, simple pero decisivo, cambió su rumbo.
—Tenía 18 o 19 años. A esa edad puedes cambiar de opinión y no pasa nada —reflexiona—. Ahora tengo 29 y aún puedo hacerlo, pero cada año cuesta un poco más tirar todo por la borda y empezar de cero.
De la fábrica a Apple
En aquella época, Taz era un joven inquieto que fabricaba tablas de surf. Un día, Apple se puso en contacto con él.
—Me habían visto en un periódico como “el chico joven que hacía tablas de surf” y me preguntaron si quería ayudarles con un anuncio para el iPad.
Sin pensarlo demasiado, dijo que sí. Viajó a San Francisco, pasó varios días en la sede de Apple trabajando con el equipo creativo y, más que del anuncio, se enamoró del proceso.
—Había un tipo que me decía todo el rato lo que tenía que hacer: “¡ponte así!, ¡haz esto!”. Al final del día le pregunté quién era, y me dijo: “soy el director”.
Taz se ríe al recordarlo.
—Le pregunté qué hacía exactamente, y me explicó que se encargaba de que todo se hiciera de cierta forma. Luego me contó que al día siguiente se iba a Madrid, después a Ámsterdam y luego a Estados Unidos. Y pensé: ¡guau, qué vida más interesante!.
Comparado con la monotonía de la fábrica, aquella libertad le resultó irresistible.
—En la fábrica todo mi valor dependía de para quién hacía tablas. Siempre me presentaban como “Taz, el que hace las tablas de…” —cuenta—. Me frustraba que nunca me presentaran simplemente como “Taz”. Quería valer por lo que soy, no por lo que hago.
Ese encuentro fue el punto de inflexión. El director le animó a mudarse a Londres si quería dedicarse al cine o al teatro.
—Podía haber sido Madrid o Estados Unidos, pero Londres me sonaba a cine, a historias. Así que me fui.
El comienzo de una historia
En su cabeza, Taz iba a ser director. Pero al llegar a Londres se encontró con una pregunta básica:
—Vale, soy director… ¿y ahora qué dirijo? —dice entre risas—. No tenía nada que contar, así que pensé que tendría que escribir algo primero.
Empezó a escribir obras de teatro, inspirado por los carteles que veía en cada autobús rojo londinense.
—Era algo muy presente en su cultura. Así que me pasaba los días leyendo obras en librerías y luego escribía las mías.
Poco después conoció a una mujer que le ayudó a solicitar una beca del gobierno británico para nuevos creadores teatrales.
—Te daban 15.000 libras para montar tu obra. Ella me consiguió la ayuda y le di su parte. Con lo que quedaba, empecé a producir mi primera obra.
Sin experiencia previa, Taz se encargó de todo: negociar con teatros, fabricar escenografías y coordinar actores.
—No tenía ni idea de cómo hacerlo. Fui a negociar con una camisa de botones solo para parecer profesional —recuerda riendo—. Conseguí un teatro, pero no sabía cómo montar el escenario, así que fui a Ikea y compré unas cajas de madera.

A partir de ahí, todo fue ingenio y creatividad:
—Si necesitábamos un salón, organizábamos las cajas para que lo pareciera; si era otra escena, las movíamos. Como jugar con Legos.
Esa fue su primera obra profesional: escrita, producida y, finalmente, interpretada por él mismo.
—Había escrito otras cosas antes, obras pequeñas en habitaciones como ésta —dice mirando alrededor—, pero ésta fue la primera real: con presupuesto, un teatro, entradas que había que vender… y presión. Mucha presión.
Cuando le preguntamos de qué trataba su primera obra, Taz Skylar hace una pausa. No es solo una historia para él; es una herida que cicatrizó en forma de teatro.
—Iba sobre un amigo muy cercano —cuenta—. Era un chico que fue al ejército. Siempre que volvía de ejercicio, se teñía el pelo. Y cuando falleció, empecé a teñirme el pelo como tributo a él. Se me quedó.
Aunque no era una obra autobiográfica, sí hablaba de dos hombres jóvenes que tomaban caminos opuestos y lidiaban con su salud mental.
—Era eso —dice—, cómo cada uno de ellos intentaba entenderse en un mundo que no siempre deja espacio para que un hombre hable de lo que siente. Hoy se habla más de la salud mental masculina, pero entonces no era un tema de conversación. Cuando intentaba explicar la obra, la reacción era algo así como: ‘¿Hombres y salud mental? Bah, si estás bien, hombre, no pasa nada’.
“No soy ni el tipo que no llora ni el que llora por todo”
—Esa frase de las abuelas, “los hombres no lloran”… —le decimos.
—Exacto —responde—. Yo no creo que sea innovador que un hombre sea sensible. En España, incluso en Canarias, la sensibilidad siempre ha estado ahí. Pero hablarla de forma tridimensional, con matices, es distinto.
Hace un gesto con las manos, como si buscara un equilibrio en el aire.
—Hay dos extremos —explica—: el del “hombre no llora”, que nadie se lo cree ya, y el del “hombre hipersensible” al que hay que proteger. Yo no creo en ninguno de los dos. Soy más del punto medio: a veces lloro, y ya está.
“One Piece fue una prueba para saber si era realmente actor”
El salto de Taz Skylar al gran público llegó con One Piece, la superproducción de Netflix basada en el mítico manga japonés.
—Mi agente me llamó durante la pandemia y me mandó un casting con nombre en clave: Project Panda. No tenía ni idea de que era One Piece.
De niño había visto el anime en la tele, junto a Digimon, Pokémon o Naruto, pero no era fan devoto.
—Cuando descubrí que el personaje era el del traje —dice entre risas—, le escribí a mi amigo: “¡Men, me han dado al nota del traje!”.
Ese “nota del traje” era Sanji, el carismático cocinero del grupo.
—Estaba feliz, muy feliz. Pero no tenía ni idea de lo que se venía encima: la magnitud del proyecto, la responsabilidad… ni el nivel de exigencia física.
Justo entonces conoció a John Wells, el creador de series como Shameless y Animal Kingdom, y guionista de la película Burnt.
—Nos conocimos por Zoom, y media hora después me ofreció un papel en una serie suya sobre surfistas en Hawái. Era perfecto para mí —admite—. Pero justo me había llegado lo de One Piece.
Dos caminos, dos mundos. Uno seguro, otro incierto.
—La de John era algo que ya sabía hacer. One Piece era todo lo contrario: un reto. Quería saber si realmente era actor o si solo decía cosas en voz alta por dinero.

Finalmente eligió el desafío.
—Ahora, viéndolo con distancia, fue la decisión correcta —dice con una sonrisa—. La serie de John se canceló, y si la hubiese elegido, estaría viendo a otro viviendo mi vida.
“Tuve que pasar de cero a superhéroe en siete meses”
El rodaje de One Piece exigió una transformación física brutal.
—Lo más difícil fue aprender artes marciales —confiesa—. Tenía que pasar de cero a superhéroe en siete meses. Algo que normalmente lleva diez años.
Entrenaba hasta ocho horas al día.
—La gente del equipo me decía que descansara, pero yo pensaba: ¿cómo quieres que descanse si el tiempo no da? —cuenta entre risas—. Me dolía todo, pero era parte del proceso.
Hoy presume de dos cinturones negros y un cinturón azul en jiu-jitsu.
—Dolía, sí, pero valía la pena —asegura.
Le preguntamos qué ha sido lo más complicado de la segunda temporada, que está por venir.
—Mi miedo era volver y que todo fuera como en la fábrica —dice—. Ya sabía cómo funcionaba todo, conocía Sudáfrica, el set, el equipo… Mi reto era encontrar algo nuevo dentro de lo que ya conozco.
Reflexiona un momento antes de continuar:
—De cero a uno es difícil, pero llegas con esfuerzo. De uno a dos, ya se interponen tus límites físicos. No es lo que sabes, es lo que tu cuerpo puede hacer.
“Sanji y yo compartimos más de lo que parece”
Sobre el personaje, Taz confiesa que muchas de las actitudes de Sanji nacen de su propia forma de ser.
—Cuando llegamos al rodaje, el showrunner, Matt, me ayudó mucho —recuerda—. Yo tenía dudas sobre cómo abordar algunas escenas con mujeres. Un día, después de ver cómo hablaba con una camarera en un bar, me dijo: “Hazlo así, tal cual eres tú.”
Esa naturalidad se tradujo en una versión más humana del personaje.
—Mi forma de interactuar en la serie es mi forma de ser, aunque el vocabulario no sea mío —dice—. No es exactamente yo, pero el sentimiento sí lo es.
“Peso adelante: esa es mi filosofía de vida”
Después de hablar sobre One Piece, su carrera y su forma de ver el mundo, Taz Skylar baja el tono, se relaja en el sillón y se ríe cuando le preguntamos qué papeles le gustaría interpretar.
—¿Qué papel te apetece hacer ahora? —le decimos—. Tienes 29 años, toda la vida por delante… ¿qué personaje te motiva?
No duda ni un segundo.
—¿Sabes quién es Steve-O? —pregunta con brillo en los ojos—. El de Jackass, el flaco que se tatuó su propia cara en la espalda.
Cuenta que su biografía es su libro favorito y que lleva años intentando conseguir los derechos para adaptarla al cine.
—Es el único libro que me ha obsesionado. Es brutal. Tan crudo, tan honesto. Me gustaría producirlo y protagonizarlo.


Taz no se considera un gran lector, pero confiesa que lleva años devorando biografías.
—Tengo una biblioteca enorme en casa. Leo para compensar mi falta de educación formal. Me encanta aprender de vidas reales, de cómo la gente supera cosas imposibles.
Sobre el libro de Steve-O, se explaya con entusiasmo:
—Imagínate lo que era estar en el epicentro de Jackass, cuando eran un fenómeno cultural. Eran los primeros en hacer locuras por atención, antes de TikTok o YouTube. Y su historia, más allá de lo salvaje, me parece una reflexión sobre nuestra relación con la atención. Todos la tenemos: buena, mala o tóxica.
Hace una pausa y sonríe:
—Esa historia me encantaría contarla. Creo que sería una película sobre el ego, la vulnerabilidad y lo que estamos dispuestos a hacer para que nos miren.
En redes, Taz aparece surfeando, saltando en paracaídas o subido a un globo aerostático. Pero detrás de esa adrenalina, hay miedo. Mucho.
—¿Tus padres no tienen miedo de que te pase algo? —preguntamos.
—Sí, pero ya están acostumbrados —responde sonriendo—. Y yo también tengo miedo. Tengo muchísimo miedo.
Habla de su último salto, en Turquía, desde un globo.
—Toda mi vida quise hacerlo. Pero cuando estás ahí arriba, a cuatro mil pies, con un paracaídas que no has revisado tú, en un globo que no sabes dónde va a aterrizar… se te pasa la poesía.
Recuerda el momento con un sentido del humor muy suyo.
—Le preguntamos al piloto dónde íbamos a aterrizar, y nos dijo: “Donde Dios quiera.” —ríe—. Ese fue el momento en que pensé: vale, ya no hay marcha atrás.
Y de ese tipo de experiencias, extrae una lección que parece definir su forma de vivir:
—Hay un punto en el que dudar es más peligroso que seguir. Me pasa desde niño, cuando patinaba. Si no echas todo tu peso hacia adelante, te caes hacia atrás y te golpeas. En cambio, si confías y metes todo el peso adelante, normalmente todo sale bien.
Mira alrededor, serio por un instante.
—Esa regla la aplico a todo. En la vida, si dudas, te caes. Si avanzas, aunque tengas miedo, normalmente aterrizas bien. Peso adelante. Siempre.
Taz está cubierto de tatuajes, cada uno con su historia. Le preguntamos si ya tiene en mente el próximo.
—Sí —dice riendo—. Quiero tatuarme un globo, porque ha sido el momento de más miedo que he tenido últimamente. También quiero tatuarme el mapa de Sierra Leona, el país de mi padre.
Y luego menciona una frase que lleva grabada en la mente:
“En un mundo donde todo el mundo te dice quién eres, quién eras, quién deberías ser y qué podrías ser, es imperativo que sepas exactamente qué es lo que simplemente eres.”
Se la sabe de memoria. La repite despacio, con intención.
—Esa frase me la tatuaría en la piel —dice—. Nos recordaría a todos que, al final, lo importante no es lo que esperan de ti, sino lo que eres.
Sonríe. El equipo aplaude. El rodaje termina entre risas, bromas y la sensación de haber compartido algo más que una entrevista.
Antes de despedirse, Taz añade casi en susurro:
—Mis mayores miedos… la salud de mis padres.
Y ahí, entre vulnerabilidad y firmeza, se resume todo lo que es Taz Skylar: intenso, curioso, humano y siempre con el peso adelante.
Texto: Paola Bonilla.
Fotografía: Francisco Fernández.
Estilista: Rita Martín.
Ayudante de estilismo: Claudia Hernández.
Localización: Casa de los Capitanes Generales, San Cristóbal de La Laguna (Tenerife).
Producción con el apoyo de Proexca, Gobierno de Canarias.




























