Didiembre en Madrid regala, a todos aquellos que levantamos la vista de la pantalla, un escenario idílico lleno de tonos ocres y pinceladas de verdes que resisten las bajas temperaturas. El invierno acecha pero las hojas que caen planeando sobre el suelo mojado se resisten aún a él.

Por primera vez en mucho tiempo tengo una mañana libre en Madrid. Vivir en Tenerife implica que cada segundo que paso en la capital esté milimétricamente organizado para ser productivo pero Marga me pasó el desayuno de hoy para mañana así que además de libre estoy sola.

Sabía que tendría ratos libres y en mi mente estaba la posibilidad de volver a mi antigua facultad a pedir mis títulos 15 años después de haber terminado esa carrera que tantísimo me ha dado. Pero el tiempo y sus posibilidades me dieron la opción de completar el plan. Como si ya lo supiera o, simplemente lo anhelara, cargué con el portátil y un ejemplar del número de septiembre de Pocket en el bolso. Ese hibisco enorme de Hammerhoj que no suelto ni de casualidad. Y entré a la facultad atravesando “su antiguo edificio nuevo” hasta llegar a la cafetería. 

No había desayunado pero tampoco estaba en mis planes primigenios desayunar allí… quien me conoce bien sabe que el estómago manda.

Entré sin miedo, sin ansiedad, casi con ilusión (podría omitir el “casi”). Me sorprendió lo desangelado del espacio, más limpio de lo que recordaba, y sin humo. La tecnología había llegado a la cafetería de la Facultad de Periodismo de la Complu, bueno, la de Ciencias de la Información (aunque lo de “Periodismo” mola mucho más), me encontré de bruces con una pantalla sobre un pie para pedir mi desayuno, “un café con leche y un croissant mixto”, ¡qué típica yo!

Cafetería de la Facultad de Ciencias de la Información, UCM.

Pero caí en la cuenta de que quizá aquel era el desayuno que hubiera pedido 15 años atrás, cuando temblaba mareada por culpa de un Crohn, por aquel entonces, no diagnosticado y por el que sufrí de una forma velada el bullying que hoy denominamos como tal. No solo no temblaba sino que me recreé en la situación. Me senté, disfruté del sabor eterno del croissant mixto y me atreví a sacar mi portátil, mi ejemplar de la portada de Fely Campo, me quité el reloj, ése que me regaló el hombre de mi vida hace ya más de diez años y me puse las gafas de cerca, ésas que antes no viajaban conmigo y ahora sí lo hacen. 

Le mandé un mensaje a mi madre, “¡Que fuerte!, ¿sabes dónde estoy?, y sola”, le expliqué que no solo era emocionante, como ella dijo, porque hacía 15 años que no pasaba por aquí, lo era porque yo nunca me sentí bien en aquel lugar. Mis carencias económicas, emocionales y de salud de entonces habían vetado aquel espacio a una estudiante que sobrevivía en Madrid gracias a las becas. Le dije a mi madre que, a pesar de resultar algo “ñoña” con mi confesión, sentía que en este momento abrazaba a mi yo del pasado, a la del primer lustro de nuestros 20, y que de alguna manera, entre dimensiones temporales, le decía que todo pasaría y, no solo eso, que todo iba a salir bien.

Ella, mi madre, redactora de moda de esta revista, me animó a escribir esta carta, una carta sanadora, una carta esperanzadora, una carta llena de resiliencia, empoderamiento e ilusión. Una carta para mi eternidad, un poquito de mi para ti. ¿El resto de la historia? En el devenir de estas páginas… y de todas aquellas que vendrán.

Paola Bonilla