Empezaba a escribir mi columna de este número un día normal de invierno cuando empezó a nevar. Y como en mi novela Flores bajo la nieve el rumbo de lo que estaba pensando cambió para escuchar el mensaje que los revoltosos copos me traían. Gracias a ellos todo lo maléfico que quería ser se suavizó y se esponjó. Como se esponja la vida cuando nos detenemos a mirar la belleza por encima del ritmo trepidante y de la estupidez humana. 

La nieve, pensé, salvó a Dulceida de una crítica mucho más aguda que la que hice en Divinity por esos galardones con los que se auto premia cada año y premia a sus amigas. Ella y algunas influencers son a veces en el ego casi como Donald Trump, que se habría auto premiado con el Nobel que no le dieron a pesar de merecerlo, según él, por salvar al mundo de las guerras, las miserias y hasta de la vulgaridad que le pareció que Bad Bunny le tocase el patriotismo. Así es la estupidez humana, sí, esa que lleva al hombre más poderoso del mundo y al que presumimos por ello inteligente a pisotear la primera Super Bowl de la historia que sonó en español. Bueno, en español o en eso en lo que hable Bad Bunny, que ni canta, ni baila, ni sabemos bien qué habla pero consiguió que el planeta se paralizase para que la tierra de Trump incluida Lady Gaga gritase bien alto que América es mucho más que los Estados Unidos. No seré yo quien critique los estereotipos latinos a veces burdos y paletos de esa Super Bowl cuando lo que se consiguió fue poner en valor una identidad de millones de personas con un espectáculo lleno de mensajes en defensa de las raíces hispanoamericanas.

La nieve también salvó todo lo hortera de ese show, como salvó a María Pombo, con quien tenía una crítica pendiente por vanagloriase de su analfabetismo aludiendo a que leer libros estaba supra valorado. Pero lo que un día me despertó ira hasta se convirtió en ternura. Pobreta. 

Seguía nevando y yo pensé en el escote que Brigitte Bardot mostró al mundo en sus días maravillosos de Cannes allá por los años 50, convirtiendo su pícara osadía en una profunda lección de opinión y de moda para la historia. Hoy daría clases de vida, más por viejo que por sabio, como el diablo, a estas mozas influencers que viven alocadas en un mundo de moda sin apenas conocerla. Si leyesen disfrutarían con más sentido de la Bardot, de esos trapos que se ponen para sus fotos y luego desechan pronto y entenderían que, más allá de la industria, la moda es un lenguaje universal y eterno que pinta en el lienzo de nuestra piel mil mensajes para la historia. Como pintó Zara la marca España en la Super Bowl de Bad Bunny. Como pintó Valentino la vida con su rosso ultra femenino.

Ay la moda… esa que tampoco entienden algunos, no todos, de los que pululan con postureo por las Mercedes Benz Fashion Week del mundo incluida la nuestra, la madrileña. Los 25 años que llevo analizándola me dan el derecho a decir que me chirrían algunos de sus desvaríos. Yo vuelvo siempre, cada temporada, con el recuerdo de esos años de grandes maestros, tan lejos de algunos nuevos iluminados; de buenos compañeros de prensa y del perfume de esa amistosa y entrañable Semana de la Moda de Madrid que no necesita aspirar a ser otra cosa sino lo que es. Como entrañable será para la historia la hispanidad que Bunny coreó en la Super Bowl del 26. Como entrañable será siempre el bronceado eterno de Valentino ante sus musas rojas. Como entrañable será para la eternidad la piel joven del escote de aquella Bardot que siempre fue lo que quiso.

Por Nacho Montes