La “futbolciliación” es un término inventado, fácil de entender, pero difícil de conseguir.
La “futbolciliación” consiste en conciliar el fútbol en el matrimonio cuando a tu pareja, mi mujer en este caso, se la resbala el fútbol.

No es que no le guste. Es peor: le da exactamente igual. El fútbol no le genera ni rechazo ni interés. Es como una planta artificial. Está ahí, pero no la riega.

Por eso el fútbol se negocia. Si el fútbol es un tiki taka, la “futbolciliación” es un toma y daca. Un partido supone algo a cambio. Una visita al Zara, una excursión al Sephora. Si quieres asegurarte ver el fútbol, has de ceder en algo que sea efectivo. No vale con hacer la cena.

La “futbolciliación” no entiende de clasificaciones ni de rivalidades históricas. Da igual que sea un derbi, una semifinal o el partido que decide la temporada. Desde fuera todos parecen durar lo mismo: demasiado. Y todos empiezan igual: “solo son noventa minutos”, una frase que jamás incluye el previo, el descanso, el descuento ni el análisis posterior al partido.

En la rutina de la “futbolciliación” hay frases que se repiten cada semana:
—¿Otra vez hay fútbol?
—¿Pero no jugaron ya el otro día?
—¿Cómo que no salimos hoy a cenar?
—¿En serio es tan importante un partido contra el Getafe?
—Estoy harta.
—Estoy harta.

No es un error del texto. Es que el hartazgo de la pareja con el fútbol es redundante.

Por fortuna, y gracias a las nuevas tecnologías, es más fácil “futbolciliar”. 

Si el partido es contra un equipo grande, hay muchas opciones de poder verlo en la tele del salón. Si el partido es contra un equipo pequeño, probablemente tengas que ceder y verlo en el móvil o en la tablet. Y con cascos, por supuesto.

La “futbolciliación” también es no molestar.

El tamaño del rival determina el tamaño de la pantalla. Es una ley no escrita, pero muy clara. Champions, clásicos y derbis en 55 pulgadas. Copa del Rey en el iPad. Liga un lunes a las nueve, en el móvil, con brillo bajo y cara de “no pasa nada”.

Aun así, siempre hay tensión. Porque cuando marcas un gol no puedes celebrarlo, “qué dirán los vecinos”. Y cuando te lo marcan, tampoco puedes soltar tacos y quedarte a gusto, “qué pensarán los vecinos”. El silencio se convierte en una obligación conyugal. Gritar, saltar del sofá en cada gol, dar un golpe en la mesa o, sobre todo, ir vestido con la camiseta de tu equipo es arriesgarte a ver el próximo partido en el bar con B.

El VAR, con V, es un nuevo enemigo porque alarga la tensión ambiental y multiplica las miradas de reojo.

Porque al final la “futbolciliación” no va de fútbol.
Va de convivencia.
De negociar, de ceder y de querer.

Y, sobre todo, y lo más importante: que cuando haya partido no te quedes en fuera de juego.

Federico de Juan