Sentadas en el salón de la suite Ava Gardner del Hotel InterContinental de Madrid, Norma Ruiz habla sin prisas. De la ilusión que la sostiene, del miedo al “no”, del teatro como casa y de una profesión que se construye desde la resistencia y la vocación. Una conversación íntima, serena y profundamente honesta.

Norma, estás atravesando un momento profesional muy intenso, con proyectos constantes. ¿Cómo se vive una etapa así?
No tengo la sensación de estar en un boom. Esa es más bien la percepción que se tiene desde fuera. Yo sigo sintiendo que queda mucho por hacer, que siempre hay algo más que comunicar, más personajes por construir. Esa sensación es la que me mantiene ilusionada. Intento vivir el presente, estar en el ahora.

“El día que pierda la ilusión, lo dejaré”.

Después de tantos años de trayectoria, ¿qué mantiene viva esa ilusión?
Creo que esta profesión no la eliges tú, te elige ella. Y cuando tienes la valentía de lanzarte a lo que realmente te ilusiona te das cuenta de que eso es precisamente lo que te mantiene viva. Es una profesión compleja, con muchos altibajos y muchos factores externos. Si no tienes clara la vocación, si no te ilusiona construir personajes con el mismo cariño, es mejor dedicarse a otra cosa. El día que pierda la ilusión, lo dejaré.

Tu trabajo en Idilia ha sido reconocido en el Festival Internacional de Cine de Nueva York con el premio a Mejor Actriz. ¿Cómo recibiste la noticia?
Me llamó el director y me dijo: “Mejor Actriz en Nueva York”. Yo no me lo creía. Pensamos incluso que no nos iban a dar nada, porque en España tendemos a pensar así. Ya estar seleccionados era un regalo. Cuando además nos dieron el premio, y también el de Mejor Fotografía, fue una pasada. Muy bonito. Me hubiera encantado estar allí, pero el premio está en casa y eso ya es un hecho.

“En el teatro no hay trampa ni cartón: el actor es libre y el público es soberano”.

Has trabajado en cine, teatro y televisión. ¿En qué medio te sientes más cómoda?
Me siento cómoda en todos. Al final lo que importa es el proyecto y el personaje. Pero mi casa es el teatro. Siempre lo digo. Cuando puedo, vuelvo al teatro porque me encanta. Eso sí que es amor al arte.

¿Qué tiene el teatro que no tienen otros formatos?
El directo. El espectáculo vivo. La comunicación con el público, sentir su respiración, la risa o el silencio. Cada función es distinta. Eso es magia y no se puede explicar. En un rodaje puede haber momentos mágicos, pero no es lo mismo. En el teatro no hay trampa ni cartón: el actor está libre y el público es soberano.

Muchos te descubrieron en Yo soy Bea. ¿Cómo viviste aquel boom de popularidad?
Me di cuenta en una boda. No podía estar tranquila, la gente me pedía fotos todo el rato y tuve que irme. Ahí pensé: “¿Qué está pasando?”. Fue muy fuerte. Si hubieran existido las redes sociales entonces, no sé qué habría sido de mi. Fue un fenómeno muy bonito a la vez que desconcertante, pero estoy muy agradecida de haber pasado por él porque, prácticamente, me dio mi carrera profesional.

¿Cómo se gestiona la popularidad con el paso del tiempo?
Va por momentos y por proyectos. La comedia conecta mucho con la gente. Cuando estás en un proyecto con éxito se nota más en la calle. Pero este es nuestro trabajo. El día que no te reconozca nadie es que no estás en ningún sitio, y eso también da vértigo.

Las redes sociales han cambiado esa relación con el público. ¿Cómo las vives?
Hay que saber gestionarlas. Tu perfil de Instagram no eres tú. Es solo la parte que decides mostrar. A veces crees que conoces a alguien por redes y no es así. Yo no soy mi Instagram.

Norma viste un traje de chaqueta pata de gallo de la firma Otrura.

¿Qué debe tener un proyecto para que digas que sí?
Primero, poder elegir, que ya es un privilegio. Y si puedo elegir, busco retos personales. No repetirme. Me gusta trabajar el personaje en casa, me gusta el oficio. Me encanta ese proceso.

¿Has dicho que no a algún papel?
Sí. A veces porque no he podido, otras porque me he equivocado. En esta profesión da mucho miedo el “no”: el que recibes y el que das. Siempre piensas que puede haber represalias. La libertad no es tan real como parece. Aunque lo cierto es que la edad ayuda a relajarte y a ganar seguridad.

“Todavía veo desnudos gratuitos que no están equilibrados”. 

¿Cómo te han transformado los personajes que has interpretado?
Muchísimo. A veces te llegan personajes que coinciden con momentos vitales tuyos. Por eso es importante tener herramientas. Tienes que poder cerrar el personaje y volver a casa siendo tú. El actor es un gran mentiroso, y no hace falta sufrir de verdad para que el público lo crea. El que se tiene que meter ahí es el espectador, no tú.

¿Cómo ves la evolución de los papeles femeninos en el cine?
Se ha avanzado, pero queda mucho por hacer. Antes se cosificaba más. Ahora hay más directoras, más historias interesantes de mujeres. Pero todavía veo desnudos gratuitos que no están equilibrados. No es una cuestión de moral, sino de coherencia.

¿Cuál ha sido tu mayor reto interpretativo hasta la fecha?
Idilia, sin duda. Es la antítesis de mí en todo. Fue un trabajo físico, emocional y mental muy complejo, además en solo tres semanas… En España se hacen cosas fascinantes con muy poco tiempo y presupuesto. Muchas veces el esfuerzo extra lo pone el actor por pura profesionalidad.

Háblanos de las mujeres que te inspiran…
Muchas. Desde las de mi familia y mis amigas hasta referentes profesionales. Admiro mucho a Penélope Cruz, su carrera me parece de ciencia ficción. Y fuera de aquí, Meryl Streep o Diane Keaton. Son mujeres emblemáticas.

¿Te ves en otros roles dentro de la industria?
Como productora, sí. Ya estoy dando pasos. Cansa depender siempre de otros y hay historias que quieres contar y no puedes estar esperando a que alguien las produzca. Esto es una profesión de resistencia e insistencia. Sin ilusión no se puede hacer nada.

Para terminar, ¿qué no sabemos de ti pero te gustaría que supiéramos?
Prefiero guardar lo personal. Creo que tiene que haber misterio. A nivel profesional, siento que queda mucho por ver. Soy muy trabajadora, muy curranta. Creo que todavía queda mucha Norma Ruiz por descubrir.

Por Paola Bonilla. Fotografía: Francisco González.