Ser humano no es fácil, tenemos emociones incómodas que duelen y empequeñecen nuestro mundo, un cerebro maravilloso que piensa y siente pero que tiene el miedo como herencia y un entorno multicausal e impredecible con el que tenemos que lidiar a diario. Tenemos miedo a no pertenecer, a no sentirnos queridos, a equivocarnos y a no ser suficientes. ¿Cómo podemos evitar este miedo? Intentando “ser perfectos”.

La necesidad de hacer todo a la perfección tiene 2 caras. La cara luminosa es la de los reconocimientos, la productividad y los resultados siempre de calidad. Pero además está la cara oscura de la falta de sueño, el estrés crónico, la ansiedad, la preocupación y la irritabilidad.

Este artículo nace de un interés tanto profesional como personal para entender el precio que pagamos cuando le tenemos “fobia al error”.

Imagina que quieres organizar el cumpleaños de tu hija. Te esfuerzas mucho en conseguir los globos de su color favorito (incluso hay unos con “brilli brilli” que son más bonitos), en llamar a un catering rico (que prepare también opciones sin gluten, sin lactosa, sin frutos secos… ¡Y sin contaminación cruzada!), en preguntar por el grupo de padres la mejor disponibilidad de días y horarios para que puedan ir la mayor parte de los invitados. Avisas a una persona para que el día anterior te ayude a hacer una limpieza a fondo de tu casa, y aunque apenas tienes tiempo, pasas una tarde entera buscando lo que se pondrá la niña y algo (elegante pero informal) para ponerte tú. Si al final el cumple sale bien, te quedas muy satisfecha contigo y con tu logro y hay una vocecita dentro de ti que te dice sí vales”. 

Si a pesar de tus esfuerzos, el cumple ha sido un desastre (al menos, desde tus ojos), puedes tener el sentimiento de no valgo”. Y esto se aplica para todo desde preparar una fiesta a llegar a tu peso ideal como a la hora de terminar un trabajo de la universidad, presentar un proyecto profesional, tener una relación de pareja… ¡comprar una aspiradora!

¿Que podríamos hacer entonces para aliviar esa sensación de no ser suficientes?

Podemos “darle al botón de DAR MÁS”: trabajar más, hacer más ejercicio, seguir buscando a la pareja perfecta en más apps de citas, leer todas las opiniones en internet antes de comprar la aspiradora…Todo esto para demostrar que NO eres un fracaso y que “sí vales”. Cuando las cosas salen muy bien (sólo entonces) puedes demostrarte que esos pensamientos están equivocados.

“Si no lo intento, no puedo fallar”

Si, aun así, no llegas a tus expectativas, puedes compensarlo esforzándote más la próxima vez.

Otra alternativa de los perfeccionistas menos conocida, es no hacer nada” para así no cometer errores. “Si no lo intento, no puedo fallar”. Entonces llegaríamos al círculo vicioso de la procrastinación. “Me va a llevar tanto tiempo hacer las cosas como yo quiero, que mejor lo dejo para otro momento cuando me sienta más motivada”. Y ese momento no llega…pero sí llega la culpa y con ella la nueva (y larga) lista de los objetivos por cumplir. Objetivos desproporcionados y generados de la comparación con otros que parecen sí saber hacer bien las cosas. Vuelve la presión y las pocas ganas… y vuelta a empezar.

¿A dónde nos llevan estas estrategias si las utilizamos en bucle? 

Al cansancio, la ansiedad, el estrés crónico y la preocupación excesiva.

¿Pero… de dónde viene este miedo al error?

Estas estrategias perfeccionistas se originan en el pasado. Crecer rodeada de adultos muy exigentes que te demostraban su aprobación sólo cuando cumplías sus expectativas hace que aprendamos de forma velada que la única forma de recibir cariño es destacar o encajar en el molde que se había creado para ti. 

Si durante tu infancia y adolescencia escuchabas o tenías la sensación de que en tu casa se respiraba la frase “puedes y debes hacer más”, quizás ahora pienses que no vales lo suficiente si no te cansas hasta la extenuación en cada cosa que haces.

Otro posible origen de la estrategia del perfeccionismo está en el/la niño/a al que todo le sale bien: saca buenas notas, se relaciona fácilmente con toda la clase, gana las carreras en educación física, y hace su cama sin que nadie le mande. Se acostumbró a los elogios, al aplauso y a la sensación de sentirse orgulloso/a de sí mismo. Luego fue creciendo y los retos eran cada vez más difíciles. Había en clase compañeros que sacaban mejoras notas, otros que eran más espontáneos y destacaban en la función de teatro o de repente su cuerpo fue cambiando de una manera que no gustaba. Lo de seguir en la cúspide cada vez era más difícil y llegó a la conclusión de que no tenía tanto talento como creía o le habían dicho. A pesar de esforzarse lo mismo que antes seguía sin ser el/la mejor. Entonces ¿para qué molestarse? Es más vergonzoso fracasar habiéndolo intentado que no intentarlo, así que este niño/a puede pensar que lo más seguro para su autoestima es no intentarlo más. 

Cada historia de búsqueda de la perfección es diferente, lo que si se parece es la sensación de peso e insatisfacción crónica que deja.

¿Y qué podemos hacer para salir de la trampa del perfeccionismo?

Tratarnos bien. Tratarnos bien consiste en mantener el cuerpo sano con el descanso necesario, una dieta saludable, ejercicio, el cerebro despierto y el corazón con depósitos de cariño de los otros y de nosotros mismos (si nos tratamos con respeto). 

En el caso de los perfeccionistas, ser amables consigo mismos y tratarse bien tiene que ver con darse el permiso para cometer errores, para ser humanos.

Cambiar de hábitos es todo un reto y no hay una sola fórmula para hacerlo ni un momento adecuado para ello. A decir verdad, fallarás. Pero después de cada intento por ser más tolerante contigo y de cada autoexplotación innecesaria de más, te irás dando cuenta poco a poco, de que este camino de tratarnos bien, es el mejor que podemos empezar a recorrer.

Por Iraya Hernández Cejas - Psicóloga general sanitaria. Col. T-03807