Siempre que cerramos diciembre nos ponemos un sinfín de propósitos para el año nuevo que normalmente nunca cumplimos porque la vida corre a tal velocidad que a menudo todo se queda en un intento. Sí, todo es idílico y tranquilo en nuestra mente cuando nos sentamos en Navidad a escribir en una pequeña nota esos propósitos que deseamos ejecutar a partir de enero, pero cuando llega el momento de cumplirlos ellos ya cabalgan totalmente desbocados en el devenir de nuestras locas vidas. Tan locas como el apretujar de una maleta para que las aerolíneas no te cobren más por un pequeño bulto que por el propio vuelo, como si los paquetes ya tuviesen más valor que las personas, esas mismas que corren de aquí para allá a miles de sitios con un reloj kamikaze en cuyas 24 horas no nos caben todos los idealizados propósitos.

Antes el mundo era más lento, más suave, más degustable, como aquellos bombones de polvo de estrellas que anunciaba la Preysler en esas navidades serenas, mucho antes de que la dama de corazones ya usase su tarjeta Oro de Renfe para cualquier viaje que grita que la tercera edad llega como un relámpago cuando menos te das cuenta y ahora en vez de bombones nos vende memorias. Eso sí su tren llega a tiempo, porque tengo claro que lo único que no corre hoy en nuestro país son los ferrocarriles. 

Este año que se nos va será el de muchos adioses, el de un Armani eterno de exquisitez, el de la belleza inmarchitable de Robert Redford, el de la trasgresión divina de Diane Keaton. Ellos se fueron serenos mientras la vida seguía corriendo vertiginosamente, como corría Rosalía por la Gran Vía madrileña entre el tumulto de fans para presentar sin licencias su último trabajo, colapsando Madrid y burlando mil normas. Días antes, podrían haber sido nanosegundos en el metaverso de Tamara Falcó, o los siglos que nos separan de aquellos tiempos serenos de otra edad, Karol G se ponía las bragas rojas de Victoria Secret para gritar al mundo que entre sus ángeles de siempre pueden vivir también los demonios, con su rabo rojo encendido en mil incendios.

Sí, la vida corre a mil por hora, pero yo hoy quiero frenar. Quiero hacerlo con vosotros para degustar cada segundo de la promo de mi nueva novela, Flores bajo la nieve, de vuestros comentarios llenos de cariño. Hoy quiero poner en mis propósitos para 2026 a las personas y a esas cosas serenas que degustamos con placer para echarle un pulso al tiempo, para reunirnos más, con menos teléfonos iluminados sobre las mesas de nuestras veladas y más miradas sinceras, para paladear aquellas pequeñas cosas que son inmensas cuando nos tomamos el tiempo para apreciarlas. Hagámoslo, frenemos de cuando en cuando este nuevo año aunque la vida corra y vuele como una loca, para que todo aquello que nos gusta y nos enriquece, sea con nuestra parte de ángeles o de demonios, siga teniendo sentido.

Nacho Montes