En contra de la idea principal que nos viene a la cabeza al nombrar Canadá, sus habitantes no viven bajo un manto blanco y con temperaturas bajo cero la mayor parte del año. Concretamente Vancouver tiene uno de los climas más amables de todo el estado, pudiendo llegar a ligeras temperaturas negativas en la escala Celsius durante el invierno pero llegando a sobrepasar los 30ºC en verano.

Situada al suroeste del país y perteneciente a la provincia de Columbia Británica, se trata de una ciudad cuyas costas quedan bañadas por el Océano Pacífico. Cuenta además con un buen número de playas que disfrutar durante los meses más calurosos y aptas para toda la familia. Su capital, Victoria, es una de las varias islas que componen esta gran ciudad, la tercera más grande del país, situada por detrás de Toronto y Montreal.

Vancouver destaca por su amplia variedad cultural, pues tras haber sido elegida una de las cinco ciudades con mejor calidad de vida y más seguras del mundo, su popularidad se ha disparado y son muchos los que durante décadas han dejado sus países de origen para instalarse allí y echar raíces. Y es esta multiculturalidad la que la convierte en una ciudad tan interesante y rica en todos los aspectos, desde el culinario hasta el festivo, pasando por supuesto por el idiomático. La lengua principal es el inglés, pero buena parte de su población habla el francés, chino o, incluso, cantonés.

Esta buena prensa y llegada de tantos nuevos habitantes procedentes de todos los rincones del mundo, también ha hecho que se disparen los precios de la vivienda, convirtiéndola al mismo tiempo en una de las ciudades más caras del planeta.

Si algo hace tan especial a Vancouver es que no necesitas un calendario para saber en qué época del año nos encontramos. Y es que sus estaciones están tan marcadas que no dejan lugar a duda: la temperatura, la vegetación y las horas de luz son unas estupendas pistas que harán que vivas cada una de ellas en todo su esplendor.

En plena primavera, la ciudad luce un sinfín de colores, cortesía de la gran cantidad de árboles y plantas que llenan de vida cada rincón y que aportan el equilibrio perfecto entre edificio y tráfico. Vancouver (o raincouver, como también se la conoce debido a la gran cantidad de días de lluvia que tiene al año), ofrece planes, lugares y actividades para todos los públicos y bolsillos en cualquier época del año.

Antes de volver a lanzarnos de lleno a las olas del Pacífico o zambullirnos en las piscinas municipales, merece la pena disfrutar de la primavera paseando por sus calles y admirando la explosión de colores típicos de esta estación: tulipanes y amapolas invaden los parques pero, sin duda, alguna de las floraciones más populares son las de los cerezos en flor, cortesía directa de Japón debido a la estrecha relación de la ciudad con el país nipón. Y es que a principios de 1930, cientos de árboles se obsequiaron a Vancouver en gratitud a los canadienses japoneses que sirvieron en la Primera Guerra Mundial. En la actualidad, las diversas especies de cerezos en flor son un recordatorio de dicho regalo y embellecen a la ciudad con toda una variedad de rosados sorprendentes, recogidos en los más de 40.000 árboles plantados.

Alrededor de este espectáculo visual único, cada año se celebra un buen número de festividades entre los meses de marzo y abril, todas ellas para festejar la floración y acercar a dos culturas muy opuestas pero que conviven en perfecta armonía desde hace décadas. Comida, tradiciones, bailes y deporte son solo algunas de las actividades que el pueblo japonés muestra con interés a todo aquel que quiera asomarse a sus costumbres.

Pero no todo se queda en el centro de la ciudad. Vancouver está situada geográficamente de manera perfecta para aquellos amantes de la naturaleza y el deporte. Con tan solo unos minutos en coche, puedes situarte tanto en la playa como en la montaña y, aunque quizás ahora ya haya pasado la temporada de nieve, las agradables temperaturas dejan paso a las rutas de senderismo que nos invitan a descubrir rincones que parecen salidos de postales para terminar acampando en parajes de ensueño. Para los más arriesgados, un paseo en canoa o un descenso en mountain bike pueden ser otro plan perfecto para liberar adrenalina y disfrutar del aire libre.

A las afueras del centro de la ciudad, la vegetación y los animales salvajes reinan con abrumadora belleza. Por eso mismo no es de extrañar que podamos encontrarnos con osos, alces, renos o coyotes entre majestuosos y gigantescos arces. Como curiosidad, la hoja que aparece en su bandera es la de este gran árbol, el cual además utilizan para hacer sirope, un imprescindible sobre la mesa a la hora de desayunar.

Siguiendo hacia las afueras de la ciudad, podemos llegar hasta la mismísima Villa Olímpica, la cual fue sede de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno en el año 2010. En ella se instalaron tanto los atletas como los entrenadores que ese mismo año disputaron las pruebas deportivas, aunque hoy en día se haya convertido en una zona residencial. Los edificios necesarios que se construyeron en su día para esta cita de repercusión mundial, se hicieron de la manera más sostenible posible, puesto que la intención desde el principio fue que tuviesen una vida útil tras el gran evento y no quedaran en el olvido o fuera necesario demolerlos. Energía eficiente, placas solares o jardines en las azoteas son algunos de los puntos fuertes de estas construcciones que la convierten en una de las comunidades más verdes del mundo.

Si por el contrario decidimos quedarnos en la urbe, Downtown ofrece lugares increíbles para desconectar o hacer algo de deporte al aire libre, como por ejemplo Stanley Park, un bosque urbano que supone una quinta parte más grande en superficie que el mismísimo Central Park. Al lindar con el mar, a sus orillas se pueden encontrar incluso focas o garzas azules del Pacífico. Y es que esta proximidad con el océano lo convirtió en el punto perfecto en el que situar el Acuario de Vancouver, centro de investigación, rescate y conservación de animales marinos, convirtiéndolo así en una visita obligatoria para toda la familia. 

Granville Island es otra parada obligatoria. Arte, cultura y gastronomía se unen en un mismo punto para ofrecer una interesante y deliciosa experiencia a orillas de False Creek. Se trata de un enorme mercado local en el que podemos encontrar una amplia variedad de restaurantes internacionales así como productos frescos y de primera calidad para dejar fluir en casa al chef que llevamos dentro.

La puesta de sol en Vancouver no supone el final del día ni de los planes: las noches primaverales nos invitan a pasear por Shipyards Night Market en el paseo marítimo del norte de Vancouver y disfrutar de productos artesanales, música en vivo y o el festival de la sidra BC Cider Fest. Y si nos desplazamos un poquito hacia el sur, llegaremos al Mercado Nocturno de Richmond, situado al aire libre y considerado el evento más grande de este tipo en América del Norte. Allí la comida callejera es tan auténtica que el New York Times elogió a Metro Vancouver como el mejor lugar para comer comida asiática en Norteamérica.

Colores, naturaleza, cultura, arte, gastronomía y calidad de vida viven en armonía en una ciudad comprometida con la sostenibilidad y que acoge con los brazos abiertos a todo aquel que esté dispuesto a sumergirse en su apabullante belleza y quiera formar parte de una sociedad que cabría destacar por su amabilidad y respeto con todo lo que les rodea.

Alba Martín