Estaba desayunando un viernes tranquilo en el jardín de casa planificando la agenda, algunas campañas y esta columna, cuando llegó la curiosa misiva del glamuroso Festival de Cine de Cannes.

“Por motivos de decencia, se prohíbe la desnudez en la alfombra roja, así como en cualquier otra zona del festival. No se permiten prendas voluminosas, en particular aquellas con cola larga, que dificulten la circulación de los invitados y la ubicación de los asientos en la sala. El equipo de recepción del festival estará obligado a prohibir el acceso a la alfombra roja a cualquier persona que incumpla estas normas”.
O lo que es lo mismo, que desde esta primavera de 2025 quedaba prohibida la desnudez femenina y, aunque nadie lo dijese explícitamente, la ordinariez y la chabacanería. Que parecen lo mismo, pero son cosas bien distintas. Porque lo primero a menudo es por falta de urbanidad y cultura y lo segundo por falta de gusto y mérito.
Reconozco que no me sorprendió este orden de las cosas en el nuevo dress code de la organización del festival de los festivales. Y no lo hizo porque todos hemos pensado alguna vez dónde estaba el límite en los últimos tiempos entre lo extravagante y lo grotesco en una sociedad que se ha vulgarizado hasta límites insospechados. También nos hemos preguntado en infinidad de ocasiones dónde quedaron aquellas estrellas del cine como Grace Kelly, Audrey Hepburn, Lana Turner, Sofía Loren y tantas otras que pisaban las alfombras rojas con la delicadeza de un jardín oriental a la luz de la luna, como si nada pesase en los cristales infinitos o las sedas bordadas de sus suntuosos vestidos de noche. Hoy vemos poco de aquello y mucho trotar, más que pasear, por unas alfombras más llenas de mal gusto que del mérito de sus estrellas.
Pero cuando leí la misiva del festival lo que me vino a la cabeza no fue solo esto, que tan metido está en nuestra realidad social que ya ni nos asombramos, sino el por qué ahora y el por qué solo en ellas. Es curioso que en este siglo de nuevos tiempos la vulgaridad vuelva achacada a las mujeres, como si no hubiese infinidad de esperpentos masculinos en los eventos de todo el mundo. Ellas deben guardar decoro y decencia, y yo lo aplaudo, pero parece que ellos pueden ir sin ni siquiera pasar por la ducha y con americanas sin camisa en estas nuevas modas que hacen que sus pezones bailen libres bajo sus trajes. O que sus pantorrillas griten más libres aún en los pantalones cortos de los terribles sastres que tanta firma de postín han lanzado al mundo como una pandemia. Sí, es cierto que muchas veces ofende ver a tipas despelotadas con burdos vestidos, de supuesta transparencia, sin ninguna sutileza. Pero ¿hay algo más vulgar que ver a un tipo desaliñado o en pantalones cortos en una alfombra roja? Lo de sus pezones al viento, ya ni lo cuento.
El caso es que me terminé el desayuno sin inmutarme demasiado. Nada ha cambiado tanto en cuanto a las normas de urbanidad y decencia en el último siglo, ni en la igualdad. Pero sí han cambiado las formas de reírse de ellas y de vanagloriarse de la mediocridad. No veo yo los nuevos tiempos, más bien veo los viejos decoros pisoteados a menudo con no sé qué títulos y orgullos.
Nacho Montes




























