Viajera, comunicadora y escritora, Mónica Guillermina Rumeu ha recorrido más de treinta países y ha construido una trayectoria ligada a la moda, la sostenibilidad y la cultura. Ahora reúne parte de ese recorrido en Un mundo a cuatro manos, un libro nacido de sus experiencias y de los viajes compartidos junto a su marido.

Una historia que va más allá de los destinos para hablar de las personas, las culturas y todo aquello que sucede cuando decidimos abrirnos a lo desconocido.

¿De dónde surge la idea de escribir Un mundo a cuatro manos y en qué momento decides convertir todas esas experiencias y viajes compartidos en un libro?

La idea surge después de muchos años viajando y escribiendo en mis redes sociales la experiencia, al mismo tiempo que compartía imágenes. La frase “me haces viajar con ustedes” me la repetían muchos amigos y me inspiró a dar un paso más firme, también animada por una amiga artista, muy importante para mí, que siempre me empujaba a escribir, le gustaba mucho mi manera de expresarme.
El momento llegó cuando mi papel en sostenibilidad corporativa cesó, aquel camino tuvo que parar después de 25 años y estaba preparada para dedicar mi tiempo a mí. Entonces empezó el viaje de sentarme muchas horas al día ahacer lo que me gusta tanto, compartir lo que amo y me hace tan feliz. Y aquí, el resultado.

El título, Un mundo a cuatro manos, hace referencia tanto al viaje compartido como a tu relación de pareja. ¿Qué significa para ti ese “a cuatro manos”?

Es esencial para mi aventura de dejar la rutina y tirarme a lo desconocido que el impulso nos lo dimos el uno al otro cuando mi marido y yo nos conocimos. Ambos habíamos explorado el mundo pero unirnos significó de repente tomarnos muy en serio lo de expandir nuestras alas a lugares lejanos con las mismas ganas de improvisar, de ir muy ligeros de equipaje y sin planes, con las mismas ganas de soltar conocimientos para que entraran lugares y personas a dos almas vírgenes de expectativas. Esa sintonía es la verdadera magia que surgió porque nos ha hecho crecer juntos y por separado desde ese mismo lugar a ambos. Y para ser unos cuarentones entonces y ahora casi sesentones, me pareció un regalo de espíritu que a más gente le gustaría conocer por si también sentían algo parecido y les pudiera animar a salir de la zona de confort.

Has recorrido más de treinta países. ¿Qué tienen en común los lugares que más te han transformado?

Lo más transformador son las personas pero he de decir que hay paisajes que tienen tanto alma que también lo son. Acabamos de venir de un mes en Islandia y esa geografía por si sola es de un impacto visual y sensorial que transforma todo el ruido que hayas sentido en tu rutina anual. Pero la antropología, que es lo que más me mueve, es lo que más resetea mi mundo cuando conozco una cultura. Siempre he respetado mucho la historia original de un país y ver cómo se ha desarrollado esa civilización hasta hoy, necesito mezclarme con la gente e intentar mirar cómo ellos su casa, algo que necesita siempre de un tiempo y un tipo de viaje. Eso me transforma, volver enamorada de la complejidad o cara radiante de esa cultura. Me transforma desaparecer, dejar de ser alguien, aparecer desnuda en un lugar para vestirme
tímidamente de su esencia.

En el libro aparecen destinos tan diferentes como Tailandia, Perú, Chile, Argentina, India, Malawi, Japón o Vanuatu. ¿Hay algún viaje que haya supuesto un antes y un después en tu manera de entender el mundo?

Vanuatu definitivamente fue el más liberador, como digo yo, necesito lugares que me exploten la cabeza. Es esa Oceanía de cuentos del paraíso, regada por una ancestralidad tribal que a mí particularmente me hechiza, donde el progreso significa haberse mantenido casi intactos y que la paz y el orgullo reinen en sus costumbres, Es el país que más he respetado de esos que fui en esta primera parte. India siempre es un enorme reseteo también.

Hablas de viajar con la mochila abierta a lo inesperado. ¿Qué has aprendido de esa capacidad de improvisar y dejar que el camino te sorprenda?

La libertad, sentimos mucha viajando así. Nos han sucedido verdaderas situaciones extremas que han tenido mucho menos drama dado que hemos podido moldearlas con ligereza porque no había nada planeado después. Cuando sales con tu mochila a la espalda, esa segunda piel que ya va colgada te hace ser un canguro que pesa poco, que puede moverse sin arrastrar nada, que está abierto a saltar de un lado al otro, según convenga. Vivir el presente. Esa holgura hace que el viaje nazca y crezca a medida que caminamos en él, el periplo nos guía. Por supuesto te haces más humilde cuando dependes de recomendaciones locales y de tu instinto, es algo que te devuelve a tu juventud más primaria, a la confianza que te da estar entusiasmado.

El libro incluye experiencias de voluntariado y encuentros con comunidades muy diferentes. ¿Qué te han enseñado esas personas que quizá no habrías aprendido siendo simplemente turista?

Hacer turismo lo hacemos todos porque siempre se es turista se viaje como se viaje, a no ser que vivas en el país, así lo veo yo. El gran pero es como sientas el camino y a las personas con las que trates. Evidentemente hay personas que solo tratan con el chofer o taxista, el guía, el recepcionista y camarero del hotel, por ejemplo. Pero si eres un turista que patea y explora, surgen encuentros.

El voluntariado viajando lo experimenté por primera vez a los 25 años en Calcuta y con la Madre Teresa que estaba allí presente y la conocí. Aquella experiencia cambiaría mi vida y mi visión de la humanidad en conjunto. Compartir la experiencia décadas después allí mismo con mi marido fue también algo que salió de manera orgánica, somos completamente iguales en esas situaciones, es increíble. Nos hemos hecho familia en Perú de unos seres magníficos de los cuales no podemos despegarnos y ya hemos ido tres veces a verlos y convivir en una aldea remota donde a veces no hay agua potable. Ambos nos mimetizamos igual, hicimos en 2013 un turismo vivencial (un tipo de voluntariado) y gracias a ello ahora somos una familia canaria cuzqueña.

¿Cómo cambia una relación de pareja cuando se comparten aventuras, situaciones extremas, incertidumbres y tantos viajes?

No sé si cambia o más bien, se regenera. La base es la misma, son las flores que salen una vez plantas semillas bonitas. Y esas son para nosotros nuestros viajes. Siempre digo que no tuvimos hijos juntos pero los viajes para nosotros son raíces que hacen crecer nuestro entusiasmo común. Incluso nuestro compromiso, porque sabemos que no es fácil encontrar compañeros de viaje…en
todos los sentidos. Algo que supongo es importante para tener compañía feliz, que el pulso lata parecido, que los sueños sean comunes.

Después está lo vivido, que al ser viajes que hacemos siempre solos, los recuerdos son nuestros y eso hace muy sólida nuestra historia. También solemos sentirnos muy orgullosos de vernos salir de situaciones complicadas, siempre inesperadas. El estar fuera, sin ese yo rutinario que parece un piloto automático, también hace que la creatividad salga de una manera que a veces nos enamora más observando cómo se comporta uno u otra.

Tu trayectoria profesional también ha estado vinculada a la sostenibilidad y la responsabilidad social. ¿Cómo ha influido esa mirada en tu manera de viajar y de acercarte a otras culturas?

Siempre la tuve, por eso fue muy reconfortante y creció tan rápido la labor que hice en ese área a nivel corporativo. Desde pequeña me gusta el mundo tribal, las culturas ancestrales, siempre fui de los indios y no de los vaqueros. Me interesa mucho la antropología y estudié el mundo aborigen de Tenerife con profundidad desde joven. El respeto por la cultura local y por supuesto la sostenibilidad social y medioambiental es algo que miro y siento en cualquier lugar que voy. Desgraciadamente desde un lugar de tortura muchas veces por la dejadez que observo pero hay otras que aplaudo y siento esperanza.

Después de tantos años viajando y observando otras culturas, ¿qué has descubierto sobre tu propia identidad y sobre tu lugar en el mundo?

Que me encanta no ser nadie, que me encanta empequeñecer, que me encanta abrir mis ojos y agradecer cual bebé una papilla rica, un paisaje increíble o una persona desconocida que me trata como a su familia.

Si alguien termina de leer Un mundo a cuatro manos y se queda con una sola idea, una sola sensación o una sola invitación, ¿cuál te gustaría que fuera?

SOLTAR

Adriana Álvarez