Hay oficios que se aprenden en una escuela y otros que se respiran desde la infancia. Silvia Aguiar pertenece a esa segunda categoría. Creció entre patrones, tejidos y el sonido constante de unas tijeras que, generación tras generación, fueron dando forma al legado familiar. Sin darse cuenta, mientras observaba a su abuelo y escuchaba a su padre hablar de costuras y procesos, estaba aprendiendo que un traje nunca empieza con una aguja, sino con una historia.
Desde La Trajería Tenerife Silvia ha vestido a cientos de hombres para algunos de los momentos más importantes de sus vidas, convencida de que la verdadera elegancia no reside únicamente en el tejido, sino en la capacidad de escuchar a quien lo llevará.
En un momento en el que la moda parece correr cada vez más deprisa, Silvia reivindica el valor del tiempo, de la artesanía y de una conversación pausada. Porque la sastrería sigue siendo uno de esos pocos lugares donde el lujo todavía se mide en dedicación.
Silvia, vienes de una familia donde el sonido de las tijeras y el olor a tiza de sastre forman parte de tu infancia. ¿Qué recuerdos guardas de ver trabajar a tu abuelo y a tu padre?
Es una mezcla entre lo emocional y lo profesional, aunque creo que, para mí, siempre pesa más la parte emocional. Cuando pienso en aquella época me vienen a la cabeza olores, colores, música… sensaciones que siguen muy presentes.
Pero también recuerdo a mi padre explicándome cada proceso, contándome qué hacía y por qué lo hacía. Nunca con la intención de que yo terminara dedicándome a este oficio; simplemente era una forma de compartir tiempo conmigo. Hoy me doy cuenta de que, sin saberlo, me estaba transmitiendo una manera de entender la sastrería y el trabajo bien hecho.
Durante un tiempo intentaste alejarte del camino familiar enfocándote en la moda femenina. ¿Cuándo comprendiste que tu sitio estaba realmente en la sastrería masculina?
En realidad, siempre me gustó más la moda masculina. Lo que ocurre es que durante la formación gran parte del aprendizaje está dedicado a la moda femenina y también disfruté muchísimo esa etapa.
Pero hubo un momento que lo cambió todo: cuando confeccioné mi primera chaqueta sastre. Ahí entendí de golpe muchas de las cosas que había visto y escuchado de niña. Puede sonar un poco cursi, pero el corazón se acelera cuando imaginas todo el proceso de una prenda y cómo terminará quedando. Fue entonces cuando comprendí que ese era mi sitio.
Tu llegada a Madrid marcó el inicio de una etapa completamente nueva a nivel personal y profesional. ¿En qué momento sentiste que España se convertiría en tu nuevo hogar?
Llegué muy joven y con muchísimas ganas de hacer cosas. Quizá tantas que ni siquiera sabía por dónde empezar.
Con el tiempo entendí que la vida te va poniendo oportunidades delante y que lo importante es saber reconocerlas y decidir. Mirando hacia atrás, agradezco profundamente aquellos años porque me permitieron aprender nuevas técnicas, conocer proveedores y descubrir otra manera de vivir la moda.
Fueron años de muchísimo esfuerzo, de no soltar la aguja y de trabajar sin descanso, pero también fueron los años que me trajeron hasta donde estoy hoy.
Entraste a trabajar en La Trajería con solo 26 años. ¿Qué supuso aquella etapa para la profesional que eres hoy?
Fue, sin duda, el punto de partida de todo.
Guardo algunos de los mejores recuerdos de mi trayectoria profesional. Era un aprendizaje constante, muy enriquecedor y también muy divertido. Desde 1992 viví el día a día vistiendo a novios, padrinos y caballeros que buscaban un traje para una ocasión especial o para su vida cotidiana.
Éramos un equipo extraordinario y muchas de aquellas personas siguen formando parte de mi vida. Gracias a toda esa experiencia hoy puedo decir que existe La Trajería Tenerife.
“O daba el paso o seguía soñándolo”.
Hace ocho años decidiste abrir las puertas de La Trajería Tenerife. ¿Por qué elegiste la isla?
Me gusta hablar más de causalidades que de casualidades.
En 2017 empezaron a darse varias situaciones al mismo tiempo. Muchos clientes de Tenerife viajaban a Madrid buscando nuestro producto, yo comenzaba a venir con frecuencia a la isla y terminé enamorándome de ella.
Vi que existía una oportunidad y llegó un momento en el que tuve que decidir: o daba el paso o seguía soñándolo.
Los comienzos no fueron fáciles. Había que darse a conocer, ganarse la confianza del cliente local y demostrar cada día el trabajo que hacíamos. Pero siempre tuve muy claro que lo más importante era disfrutar del proceso junto a cada cliente y acompañarlo en la creación de un traje único para uno de los días más importantes de su vida.

En tu tienda conviven el alquiler y la venta al igual que lo hacen firmas internacionales como Enzo Romano y tu propia línea de alta sastrería. ¿Cómo consigues que todo tenga sentido?
Porque todo forma parte del mismo concepto.
La Trajería nació en 1992 como una tienda especializada en alquiler de smoking, chaqué y frac, además de sastrería a medida. Cuando decidí independizarme fue un proceso emocionalmente muy intenso, casi como salir de casa de tus padres.
Mantenemos esa esencia con un alquiler de máxima calidad y con una firma como Enzo Romano, en la que confío plenamente y con la que colaboramos muy estrechamente.
Y, por supuesto, está mi propia línea, donde la creatividad es absoluta y donde cada traje comienza desde cero para convertirse en una pieza completamente única.
En estos ocho años habrás vestido a cientos de hombres. ¿Ha cambiado mucho el cliente canario?
Muchísimo.
Sigue siendo un hombre elegante y muy fiel a la sastrería clásica, pero poco a poco ha ido perdiendo el miedo.
Cada vez se atreve más con las texturas, con los tonos tierra, los verdes, los azules intensos e incluso con algunos estampados.
Lo bonito es que ahora elige lo que realmente le gusta. Se deja asesorar, experimenta y entiende que vestir bien también es una forma de expresar quién es.
Cuando diseñas un traje desde cero, ¿qué no puede faltar?
Lo primero que busco siempre es una armonía absoluta entre la estructura y la comodidad.
Siempre les digo que es importante que les guste lo que ven en el espejo, pero casi más importante es cómo se sienten cuando llevan el traje puesto.
Mi ADN probablemente esté en esos pequeños detalles invisibles que casi nadie aprecia, pero también en una pregunta que siempre hago:
«¿Qué es lo que nunca te pondrías en tu boda?»
La respuesta dice mucho más de una persona que muchas otras preguntas.
“Vivimos en una sociedad donde todo es inmediato y desechable. La sastrería hace exactamente lo contrario”.
Crear un traje a medida también tiene algo de psicología…
Muchísimo.
Mi principal herramienta siempre ha sido hablar. Necesito que el cliente se relaje, que me cuente qué espera de ese traje y cómo quiere sentirse.
Mientras habla, yo voy construyendo mentalmente el resultado.
Hay personas a las que les cuesta imaginarlo y otras que no saben explicar exactamente lo que buscan, pero cuando consigues transmitirles seguridad terminan confiando plenamente.
Y cuando llega el momento de verse terminado frente al espejo… esa sensación es absolutamente gratificante.
En un mundo dominado por la moda rápida, ¿cuál es el gran superpoder de la sastrería tradicional?
El tiempo.
Vivimos en una sociedad donde todo es inmediato y desechable. La sastrería hace exactamente lo contrario.
Le dedica tiempo a una única persona.
Muchas veces el cliente se sienta, respira profundamente antes de empezar a hablar y, durante un rato, el tiempo se detiene.
Ese momento es solo para él.
Y creo que hoy ese es uno de los mayores lujos que podemos ofrecer.
Después de ocho años al frente de La Trajería Tenerife, ¿qué sueños te quedan por cumplir?
Me encuentro en un momento de muchísima gratitud.
El camino no ha sido fácil y sé que nunca deja de exigir esfuerzo, pero ahora lo vivo desde la tranquilidad.
Los proyectos nunca terminan y los sueños tampoco. Si dejáramos de soñar perderíamos parte de nuestra esencia.
Mi mayor proyecto sigue siendo el día a día: vivir de forma consciente, disfrutar de mi trabajo, seguir creciendo, aprendiendo y, sobre todo, mantener la calidad humana que me acompaña desde el principio.

Silvia, imagina que dentro de muchos años alguien entra en La Trajería Tenerife y pregunta quién fue Silvia Aguiar. ¿Cómo te gustaría que te recordaran?
Me gustaría que dijeran que fui una buena sastre, sí, pero sobre todo una buena persona.
Que hice mi trabajo con honestidad, con cariño y con respeto por cada cliente que confió en mí.
Al final, los trajes envejecen, cambian de dueño o dejan de usarse. Lo que permanece para siempre es cómo hiciste sentir a las personas.
Y si consigo que ese sea mi legado, sentiré que todo este camino de costuras habrá merecido la pena.
Paola Bonilla
Fotografía: Francisco Fernández


























