Laura Encina es especialista en educación financiera y divulgadora, y lleva años acercando el mundo de las finanzas de una forma clara y accesible. Su mirada pone especialmente el foco en la autonomía económica de las mujeres y en la importancia de entender nuestras propias finanzas para tomar decisiones con libertad.
Con ella hablamos sobre violencia económica, independencia financiera y la relación entre dinero y autonomía.
Cuando hablamos de violencia económica, ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿Cuáles son las formas más habituales en las que puede manifestarse dentro de una pareja?
Cuando hablamos de violencia económica hablamos de utilizar el dinero, los recursos o el acceso a ellos como una herramienta de poder y control dentro de una relación. Y creo que es importante explicarlo así porque muchas veces imaginamos la violencia económica únicamente como “quitarle el dinero” a alguien, cuando puede ser muchísimo más sutil.
Puede manifestarse controlando cada gasto que realiza la otra persona, exigiéndole explicaciones constantes sobre en qué utiliza su dinero, limitando su acceso a las cuentas, impidiéndole tomar decisiones económicas o generando una situación en la que tenga que pedir permiso incluso para cubrir necesidades básicas.
Pero también puede aparecer de otras formas: dificultar que la pareja trabaje o progrese profesionalmente, ocultarle información sobre el patrimonio familiar, contraer deudas a su nombre, apropiarse de sus ingresos o tomar unilateralmente decisiones económicas que afectan a ambos.
Para mí hay una idea especialmente importante: compartir la economía no significa renunciar a la autonomía.
Una pareja puede decidir libremente organizar todo su dinero de manera conjunta. El problema aparece cuando uno de los dos utiliza esa organización para limitar la capacidad de decisión del otro. Porque el dinero no es solamente dinero. El dinero determina muchas de nuestras posibilidades: dónde podemos vivir, si podemos desplazarnos, si podemos contratar ayuda o incluso si podemos permitirnos marcharnos. Cuando alguien controla completamente tu acceso al dinero, puede estar controlando también una parte muy importante de tu libertad.
¿Cuáles son esas señales de alarma que pueden pasar desapercibidas porque se han normalizado dentro de la relación?
Precisamente las más peligrosas son muchas veces las que parecen pequeñas. Frases como: “¿Para qué necesitas una cuenta tuya?”, “yo llevo las finanzas porque se me dan mejor”, “¿en qué te has gastado ese dinero?”, “si quieres comprarlo, pregúntame antes” o “si yo soy quien gana el dinero, yo decido”.
Por separado, alguna de estas frases puede aparecer en una conversación normal de pareja y no significar absolutamente nada. Lo importante es observar el patrón que existe detrás.
La señal de alarma aparece cuando una persona empieza a perder sistemáticamente capacidad de decisión sobre su propia vida económica.
Hay otra señal que para mí es especialmente reveladora: tener miedo a la reacción de tu pareja por una decisión económica cotidiana. Si ocultas una compra por miedo, si necesitas justificar permanentemente tus gastos, si desconoces cuánto dinero tiene vuestra familia, qué deudas existen o qué patrimonio habéis construido, merece la pena preguntarse qué está ocurriendo. Una relación económica sana debería basarse en información, acuerdos y capacidad de decisión, no en miedo, vigilancia o permiso.
¿Puede una mujer estar sufriendo violencia económica sin ser plenamente consciente de ello? ¿Dónde está la frontera entre una determinada forma de organizar las finanzas en pareja y el control económico?
Sí. Y precisamente por eso necesitamos hablar mucho más de violencia económica. Hay comportamientos que hemos normalizado durante generaciones. Que uno gestione todo el dinero, que el otro desconozca las cuentas o que quien aporta más económicamente tenga mayor capacidad de decisión.
Pero no existe un único modelo correcto para organizar las finanzas en pareja. Puedes tener cuentas separadas, conjuntas o un modelo mixto. Incluso una persona puede encargarse de gestionar prácticamente toda la economía familiar.
La diferencia está en la libertad, la información y la capacidad de decisión. Si ambos conocen la situación económica, pueden acceder a la información, participan en las decisiones importantes y han elegido libremente ese modelo, estamos hablando de organización. Si una persona utiliza el dinero para vigilar, limitar, castigar, amenazar o generar dependencia en la otra, estamos hablando de otra cosa.
Para mí la pregunta fundamental sería: ¿esta organización económica me permite decidir sobre mi vida o hace que necesite el permiso de otra persona para hacerlo?
¿Por qué el dinero puede convertirse en una herramienta de control y, al mismo tiempo, en una de las principales barreras para salir de una relación de maltrato?
Porque nuestra capacidad económica está profundamente relacionada con nuestra capacidad de elegir. Decimos muchas veces “si estuviera en esa situación, yo me iría”. Pero marcharse no es solamente tomar una decisión emocional.
Marcharse puede significar necesitar dinero para una vivienda, alimentación, transporte, abogados, cuidar de tus hijos o simplemente sobrevivir durante los primeros meses. Por eso la dependencia económica puede convertirse en una auténtica jaula. Una persona puede ser perfectamente consciente de que quiere abandonar una relación y, al mismo tiempo, sentir que materialmente no puede hacerlo.
Y aquí me parece fundamental cambiar nuestra mirada. Cuando alguien pregunta “¿por qué no se va?”, quizá deberíamos preguntarnos también “¿qué recursos tiene para poder irse?”. La autonomía económica no resuelve por sí sola una situación de violencia, pero disponer de recursos propios, información y capacidad de decisión puede ampliar enormemente las alternativas disponibles.
Tú defiendes habitualmente la importancia de mantener cierta independencia financiera dentro de la pareja. ¿Qué significa realmente esa independencia y hasta qué punto puede funcionar como una forma de prevención?
Para mí independencia financiera no significa vivir como si estuvieras sola ni desconfiar de tu pareja. Significa que amar a alguien no debería implicar entregar completamente tu capacidad económica. Puedes construir un proyecto común, compartir gastos, patrimonio, inversiones y objetivos y, al mismo tiempo, conservar cierto espacio de autonomía.
Yo siempre defiendo algo muy sencillo: toda persona adulta debería conocer su realidad financiera. Saber qué tienes, qué debes, qué ingresos entran en casa, qué patrimonio existe, qué contratos has firmado y tener acceso a esa información. Y, siempre que sea posible, disponer además de recursos propios. No porque tengas que pensar que tu relación va a terminar, sino porque la autonomía financiera debería formar parte de nuestra vida adulta.
Para mí el objetivo no es enseñar a las mujeres a vivir preparándose para que algo salga mal. Es enseñarles a construir relaciones en las que compartir sea una elección y no una necesidad.
¿Qué papel juega la educación financiera en todo esto? ¿Saber cuánto tenemos, qué ingresos generamos, qué deudas existen o cómo funciona nuestro patrimonio puede marcar una diferencia cuando nos encontramos en una situación de dependencia?
Una diferencia enorme. Durante años hemos hablado de educación financiera casi exclusivamente como aprender a ahorrar o invertir. Para mí es mucho más. Educación financiera también significa entender un contrato antes de firmarlo, saber qué deudas tienes, conocer qué ocurre con una cuenta conjunta, saber dónde está vuestro patrimonio o entender cuáles son tus derechos y obligaciones económicas. El conocimiento reduce vulnerabilidad.
Y aquí hay algo que me preocupa especialmente: delegar no puede significar desconocer. Puedes decidir que tu pareja gestione las inversiones porque sabe más o que una persona se encargue de determinados asuntos económicos porque le resulta más sencillo. Perfecto. Pero delegar la gestión no debería significar entregar el conocimiento.
Una persona puede no tomar todas las decisiones financieras de su hogar y, aun así, saber perfectamente cuál es su situación. Para mí esa es una de las grandes herramientas de prevención: que ninguna mujer pueda decir “no sé qué tenemos porque siempre se ocupó él”.
Muchas mujeres han reducido su jornada, dejado de trabajar o asumido una mayor parte de los cuidados familiares. ¿Cómo puede afectar esa pérdida de ingresos y de autonomía laboral a su capacidad para tomar decisiones económicas?
Este es un punto fundamental porque la dependencia económica no siempre nace de una prohibición explícita. A veces se construye poco a poco. Una mujer reduce su jornada cuando llegan los hijos. Después renuncia a una promoción porque necesita mayor flexibilidad. Quizá deja temporalmente de trabajar porque económicamente parece tener sentido para la familia. Y cada una de esas decisiones puede ser perfectamente legítima y libre.
El problema es que tienen consecuencias económicas que muchas veces no calculamos: menos ingresos actuales, menor capacidad de ahorro, menor patrimonio propio, menor cotización y, en ocasiones, mayores dificultades para reincorporarse profesionalmente años después. Por eso creo que los cuidados también deberían tener una conversación económica dentro de la pareja.
Si una persona está sacrificando parte de su desarrollo profesional para sostener un proyecto familiar común, esa decisión debería reconocerse también en la planificación económica de la familia. Porque cuidar también tiene un coste económico, aunque no llegue una factura a final de mes.
¿Qué le dirías a una mujer que empieza a sospechar que su pareja está ejerciendo control sobre su dinero, pero todavía no sabe si lo que está viviendo puede considerarse violencia económica? ¿Cuál debería ser el primer paso?
Lo primero que le diría es que no necesita tener inmediatamente una etiqueta para empezar a hacerse preguntas. Puede empezar observando hechos concretos. ¿Tengo acceso a mis cuentas? ¿Sé qué patrimonio tenemos? ¿Conozco nuestras deudas? ¿Puedo utilizar mi propio dinero libremente? ¿Puedo trabajar si quiero hacerlo? ¿Puedo tomar decisiones económicas sin miedo? ¿Hay consecuencias, amenazas o castigos cuando hago algo que mi pareja no aprueba? Responder estas preguntas puede ayudar a ver la situación con mayor claridad.
También recomendaría no afrontarlo necesariamente sola. Buscar asesoramiento profesional y apoyarse en personas y recursos especializados puede ser muy importante, especialmente si existe miedo, amenazas o cualquier otra forma de violencia. Y si existe riesgo para su seguridad, la prioridad no debería ser confrontar a la pareja ni resolver inmediatamente las finanzas, sino buscar ayuda especializada y protegerse. A veces el primer paso hacia la independencia económica no es abrir una cuenta o empezar a invertir. Es comprender qué está ocurriendo y saber que existen recursos para ayudarte.
¿Es necesario tener un sueldo alto, ahorros importantes o una gran capacidad de inversión para empezar a construir independencia financiera? ¿Qué pequeñas decisiones pueden marcar una diferencia cuando se parte de una situación económica complicada?
No. Y me parece muy importante decirlo porque durante demasiado tiempo hemos asociado independencia financiera con tener muchísimo dinero. La independencia empieza mucho antes de invertir.
Empieza por saber cuánto ingresas y cuánto gastas. Por conocer tus deudas. Por tener acceso a tu documentación económica. Por entender qué contratos has firmado. Por empezar a generar, cuando sea posible, un pequeño colchón propio. A veces serán 20 euros al mes y otras serán 200. Evidentemente, la capacidad económica importa y no podemos romantizar situaciones en las que una persona apenas llega a final de mes. Pero incluso cuando los recursos son limitados, el conocimiento financiero sigue siendo patrimonio.
Mi recomendación sería empezar por tres cosas: información, autonomía y hábito. Conoce tu situación económica real. Intenta mantener algún grado de autonomía sobre tus recursos. Y empieza a construir el hábito de reservar una parte para ti cuando tus circunstancias lo permitan. La libertad financiera no comienza cuando tienes mucho dinero. Comienza cuando empiezas a participar conscientemente en las decisiones sobre tu propio dinero.
Y mirando más allá de la situación individual, ¿qué tendríamos que cambiar en nuestra relación con el dinero, y en la educación que reciben las mujeres, para que la independencia económica deje de ser una cuestión de supervivencia y se convierta en una herramienta de libertad?
Tenemos que dejar de enseñar a las mujeres únicamente a protegerse del dinero y empezar a enseñarles también a utilizarlo como una herramienta de construcción. Durante generaciones hemos recibido mensajes relacionados con ahorrar, ser prudentes, no equivocarnos o depender de alguien que supuestamente sabía más. Necesitamos hablar también de patrimonio, inversión, negociación salarial, emprendimiento, propiedad, riesgo, jubilación y creación de riqueza.
Pero creo que hay una transformación todavía más profunda. Tenemos que dejar de entender la independencia económica como una preparación para el fracaso de una relación.
Tener independencia financiera no significa amar menos. Significa poder elegir más. Elegir quedarte porque quieres quedarte. Elegir cambiar de trabajo. Elegir emprender. Elegir cuidar durante un tiempo sin desaparecer económicamente. Elegir marcharte si alguna vez necesitas hacerlo.Por eso para mí la educación financiera no trata solamente de dinero.Trata de posibilidades.
Y ese es el cambio que me gustaría que viviéramos como sociedad: que una mujer no tenga que aprender sobre dinero cuando llega una crisis, un divorcio o una situación de violencia. Que aprenda antes. No para sobrevivir. Para ser libre.
Adriana Álvarez


























