¿Quién le iba a decir a Dino De Laurentis que aquella muchacha a la que él denominó “Che brutta” en 1976 en la audición de King Kong y desechó con desdén por fea se convertiría en la actriz más laureada del planeta y en la diva más divina en el mundo de la moda en este 2026? Qué poca visión tuvo, ¡pobre!

He estado reflexionando estos días algo que me tiene maravillado desde niño de Meryl Streep pero que se ha multiplicado por mil al toparme de nuevo, como el mundo entero, con la sofisticación escénica en la promo y la propia cinta del Diablo viste de Prada 2.
Conocíamos bien la versatilidad de esta mujer, actriz innata y magistral en papeles tan grandiosos como el de La decisión de Sophie, esa emigrante polaca católica que sobrevivió al exterminio de Auschwitz. Meryl aprendió alemán y polaco para interpretar a aquella mujer y mostró a sus coetáneos lo que significaba ser una actriz o un actor de método. Muchos hemos llorado en algún momento de la vida con su papel de Joanna en Kramer contra Kramer. Muchos nos enamoramos de su baronesa Karen Blixen en aquellas Memorias de África en las que se dejaba lavar el pelo en una palangana en mitad de la Sabana por el rubio más celestial del cine, Robert Redford. Muchos también nos sentimos identificados con esa entrañable Francesca Johnson enamorada de un imposible en Los Puentes de Madison. Y quién no ha bailado, cantado y gritado con la locura y la energía de su Donna Sheridan en la efervescente Mamma Mia.
Su carrera está llena de éxitos, de premios, de esas críticas increíbles por las que cualquier actor daría su vida entera. Pero de repente llegó el Diablo, ese que vestía de Prada allá por el 2006, para convertirla en la terrible Miranda Priestly, encarnando, hasta engullirla viva, a la temida Anna Wintour, la editora jefe de la revista de moda más importante del mundo, el Vogue América. Y digo engullir porque en su día ya superó todas las expectativas en su papel, incluso por encima de la mismísima Wintour, pero tuvo que llegar la segunda parte, veinte después, para que el Diablo se vistiese de Meryl y no de Prada. La actriz se ha comido con patatas a la mentora. Meryl versus Wintour. Ya quisiera Anna, con todo respeto profesional lo digo, tener la sofisticación y ese “très chic” que hemos visto en la Streep en cada minuto de esta cinta y en cada parada de la promo mundial del Diablo Viste de Prada 2.
Meryl Streep ha vuelto a hacerlo. Su papel aquí no requería de la complejidad intelectual y emocional de tantos otros suyos ya nombrados, o como el de la mismísima Dama de Hierro británica por el que consiguió su merecidísimo tercer Oscar. No, aquí su papel era fascinar al mundo desde sus propias costuras, las de sus vestidos de firma y las de su elegante madurez y medida indiferencia sobre todo lo que no flotase al son de sus miradas de moda. Y no era baladí conseguirlo, pero ella ha podido con todo una vez más.
Me imagino a la súper poderosa Wintour, que se quedó en la Gala MET de este año sin la estrella más fulgurante del momento porque la Streep tiene arrojo para declinar hasta la cita más codiciada del planeta Tierra, arrancándose su melena milimétricamente cortada a tazón y lacada de ver cómo aquella “brutta” a la que King Kong habría amado pero su productor rechazó se ha llevado de calle durante cinco décadas al público mundial. Y ahora ha enamorado a todos esos artífices de la moda que le rinden más pleitesía, si cabe, que a la mismísima editora de editoras.
Dios salve a esta Reina por la que hasta el Diablo bebe fuegos, vientos y se viste de ella.
Nacho Montes





























