Natalia Gómez del Pozuelo encontró en el camino una forma distinta de acercarse al mundo y a sí misma. Tras una trayectoria vinculada al ámbito empresarial, decidió apostar por la escritura, una pasión que hoy ocupa un lugar central en su vida. Su trabajo literario nace de la curiosidad por las personas, la naturaleza y todo aquello que nos invita a cuestionar lo que damos por sentado.
En La mirada del corzo, su nueva novela, la autora transforma una experiencia real de viaje a pie en una historia que explora la libertad personal, las relaciones y la posibilidad de descubrir nuevas formas de vivir. Una mirada sensible sobre esos procesos que nos llevan a replantearnos quiénes somos y cómo queremos estar en el mundo.
La mirada del corzo nace de una experiencia real de viaje a pie, pero termina convirtiéndose en una novela. ¿En qué momento sentiste que aquella experiencia podía convertirse en una historia que merecía ser contada?
Empecé a escribir antes de salir de casa, mientras preparaba el viaje. Llevaba años desprendiéndome de cosas materiales y quería descubrir qué era lo mínimo que necesitaba para vivir. Salí con una mochila, una pequeña tienda de campaña, sin destino ni fecha de regreso.
Durante semanas caminé sola por la España menos poblada y fui narrando la experiencia a las personas suscritas a mi newsletter, lo que despertó mucho interés. Dormí en el monte, tuve encuentros peliagudos con animales y experimenté una libertad que no había conocido nunca.
Pero la novela surgió cuando aquella experiencia de libertad en solitario se encontró con otra muy distinta: la de viajar acompañada y descubrir lo fácil que resulta perder el espacio propio cuando alguien entra en nuestra vida.
Ese contraste me pareció muy interesante. La mirada del corzo además de una novela sobre un viaje a pie, es también una historia sobre recuperar la propia forma de mirar.
La protagonista emprende un viaje en solitario que acaba siendo mucho más que recorrer kilómetros. ¿Qué querías que descubriera durante ese camino?
Uno de los propósitos de aquel viaje era precisamente no tener expectativas, ni horarios, ni reuniones, ni pantallas. Simplemente dejar que las cosas sucedieran… y narrarlo.
Era un viaje de escritura en el que se fundían mi amor por la naturaleza con mi amor por las palabra. Era muy importante para mí porque suponía entregarme de forma completa a mis dos pasiones y estaba determinada a hacerlo, a dar pasos y a dejar atrás el miedo, o a llevarlo a cuestas, pero que no me impidiera ir.
El título del libro hace referencia a un encuentro con un corzo, cuya mirada transmite aceptación y ausencia de juicio. ¿Qué significó ese momento para ti y por qué decidiste darle tanta importancia en la historia?
Poco antes del viaje me encontré con un corzo que me miró con ojos curiosos y abiertos. No parecía importarle quién era yo, ni mi aspecto ni mi edad, lo que me hizo reflexionar sobre nuestra forma de mirar el mundo.
Pensé que tal vez yo podía hacer lo mismo: desprenderme de prejuicios y expectativas para mirar a los demás y a mí misma con ojos nuevos.
Esa posibilidad de limpiar la propia mirada se convirtió en el hilo conductor de la novela, porque a veces creemos que contemplamos lo que nos rodea libremente, cuando en realidad lo hacemos a través de todos nuestros condicionantes sociales y culturales.

A lo largo del libro, la protagonista se encuentra con personas muy diferentes y descubre otras formas de vivir. ¿Hubo algo de esos encuentros que te pareciera especialmente importante transmitir al lector?
Antes de emprender el viaje, me esperaba el asombro que me producirían las montañas inmensas, el sonido hueco y reconfortante de la soledad, pero no había tenido en cuenta el factor humano. Me sorprendieron muchísimo los numerosos encuentros que se produjeron y cada persona me permitió asomarme a una vida distinta de la mía y descubrir una generosidad y una hospitalidad que no esperaba.
Cada encuentro fue una oportunidad de asomarme a una realidad distinta, a entender las dificultades de vivir en la España menos poblada en la que las tiendas, los médicos y demás servicios son itinerantes, donde no tienes un comercio a la vuelta de la esquina para satisfacer tus necesidades.
A veces basta con salir de nuestro entorno habitual para descubrir que lo que damos por sentado no es más que una entre muchas posibilidades.
En la novela también hay una reflexión sobre el amor y las formas en las que aprendemos a relacionarnos. ¿Qué te interesaba explorar sobre cómo amamos y cómo nos comportamos cuando estamos en una relación?
La protagonista había experimentado una libertad extraordinaria durante su viaje en solitario, pero cuando comenzó a viajar con un hombre descubrió que seguía cediendo espacio a los deseos del otro y relegando los suyos, a pesar de no querer hacerlo.
Podemos haber reflexionado mucho sobre el amor, cuestionado los modelos tradicionales y construido una vida autónoma, pero eso no significa que nos hayamos desprendido de los patrones que aprendimos desde la infancia, como la complacencia, poner el amor romántico por encima de otros amores y que ocupe un espacio grande y central, que se nos desestabilice la energía…
Creo que una de las mayores dificultades para cambiar nuestra forma de relacionarnos es que no basta con comprender algo intelectualmente. Hay aprendizajes tan arraigados que seguimos reproduciéndolos incluso cuando somos conscientes de ellos.
Cuando la protagonista se enamora, también tiene que encontrar la manera de seguir siendo ella misma. ¿Cómo crees que podemos encontrar ese equilibrio entre compartir nuestra vida con alguien y no dejar de lado quiénes somos?
En realidad, la protagonista no llega a enamorarse, aunque sí se siente atraída por un hombre con el que comparte un viaje.
Creo que uno de los grandes retos de las relaciones afectivas es encontrar la manera de compartir sin dejar de ser quienes somos. Y no me refiero solo a conservar nuestras aficiones o nuestro tiempo, sino a algo más profundo: seguir escuchando nuestros deseos y necesidades sin que los de la otra persona acaben ocupándolo todo.
Durante su viaje en solitario, la protagonista había aprendido a respetar su propio ritmo, a detenerse cuando quería, a cambiar de dirección sin dar explicaciones. Sin embargo, cuando comenzó a viajar acompañada, descubrió lo fácilmente que podía renunciar a esa libertad.
Quizá el equilibrio consista en aprender a reconocer cuándo cedemos algo porque realmente queremos compartirlo y cuándo lo hacemos por miedo a decepcionar, incomodar o perder al otro.
No tengo respuestas, solo la historia que cuento en La mirada del corzo que ayudará a las personas a hacerse sus propias preguntas.
La naturaleza tiene bastante presencia en la historia y parece que el viaje permite a la protagonista mirar las cosas de otra manera. ¿Qué importancia tiene para ti ese contacto con la naturaleza y qué querías transmitir a través de él?
Cuando andas sola por el monte y el infinito es tu techo por todos lados, cada gesto se vuelve también infinito: sentarte en una roca, comer una manzana, ver cómo una hormiga se acerca tanteando la realidad con el vaivén de su cabeza…
Y, al cabo de varios días caminando, sin horarios ni obligaciones, empiezas a experimentar un presente total en el que el entorno lo llena todo y los pensamientos y las preocupaciones pierden protagonismo.
Por eso la naturaleza forma parte de la novela como una protagonista más. No es un simple escenario para contar una historia. Los animales, las plantas y los seres humanos se encuentran en ella y la componen. Es una sinfonía en la que cada nota y cada instrumento
importan.

La protagonista tiene 55 años y se encuentra en un momento de su vida en el que todavía hay espacio para enamorarse, cambiar y empezar de nuevo. ¿Por qué quisiste contar esta historia a través de una mujer de esa edad?
La protagonista tiene 55 años porque esa era mi edad cuando emprendí el viaje. No fue una elección deliberada.
Sin embargo, me parece interesante que nos sorprenda que una mujer de esa edad salga de casa caminando, sin destino ni fecha de regreso. Como si las grandes aventuras, los cambios y los descubrimientos estuvieran reservados para una determinada edad y que, a partir de cierto momento, lo que nos correspondiera fuera mantener la vida que ya hemos construido.
Creo que podemos seguir explorando, cuestionándonos lo aprendido, equivocándonos y descubriendo nuevas formas de vivir a cualquier edad. De hecho, la protagonista se cruza con muchas personas mayores que ella y se alegra de descubrir “la vida secreta de los viejos”.
Has escrito tanto ensayos sobre el mundo empresarial como novelas. ¿Qué encuentras en la ficción que te permite contar o explorar cosas que quizá no podrías abordar de la misma manera en un ensayo?
En el ensayo partes de una idea que quieres desarrollar y tratas de transmitirla de la forma más clara y amena posible. La ficción, en cambio, permite explorar cuestiones sobre las que no tienes respuestas.
En una novela se pueden mostrar las contradicciones entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos, sin necesidad de resolverlas ni de decidir quién tiene razón. Los personajes pueden equivocarse, actuar contra sus propias convicciones y descubrir cosas que ni siquiera estaban buscando. Es lo que sucede en La mirada del corzo: las reflexiones surgen de las vivencias de la protagonista y de las dudas que estas le provocaban.
Si alguien termina de leer La mirada del corzo y se queda pensando en una sola cosa, ¿qué te gustaría que fuera?
Me gustaría que permaneciera cierta curiosidad por su propia forma de mirar el mundo. Que se preguntaran hasta qué punto sus decisiones, sus deseos y sus relaciones responden a lo que realmente quieren o a lo que han aprendido que deben querer.
Si después de cerrar el libro alguien se descubre mirando algo cotidiano con ojos diferentes, me daría por satisfecha.
Adriana Álvarez



























