Antonio Salazar

Una de las cuestiones más incómodas de dirigir una revista de economía es que, en muchas ocasiones, nos soliciten predicciones sobre lo que va a ocurrir en un futuro más o menos inmediato. Es un esfuerzo que escapa a nuestro conocimiento pero esta explicación no satisface a quién la pide, acostumbrados como están muchos ciudadanos curiosos a leer y escuchar a “sabios” economistas perorar sobre el particular. Son aquellos que se dedicaron a matematizar la disciplina, arrogándose un saber imposible como bien denunciara el Premio Nobel de Economía, Friedrich Hayek en “La pretensión del conocimiento”. Hayek no negaba del todo tal posibilidad pero la limitaba a lo que consideraba predicciones de tipo cualitativo (pattern predicttions) mas no cuantitativas. Es decir, no podemos saber cuánto crecerá el PIB si hacemos ésta o aquella reforma política aunque sí intuir con anterioridad que aumentará. Parece lógica, por tanto, la desazón de nuestros interlocutores ante nuestro amargo lamento cuando a diario lee sobre presupuestos ajustados al céntimo o escucha previsiones de PIB para los dos o tres próximos años. Es el triunfo de los que, obviando la naturaleza humana, han conseguido trasladar la sensación de que la ciencia todo lo puede, el cientismo o cientifismo que con tanto ardor denunció toda su vida el profesor Hayek.

Pero, por no desairar del todo a los más interesados en estos asuntos, sí que podemos aproximarnos o intentarlo a algunas cuestiones inquietantes que asoman en el horizonte, básicamente porque son de esas observaciones de tipo cualitativo que nuestro conocimiento (¿o será temeridad?) nos permite anticipar.

Por ejemplo, muchas de las decisiones y concesiones que hacen los gobiernos para aprobar sus presupuestos, pueden tener repercusiones considerables que deberán estudiarse con detenimiento, habida cuenta la ralentización que ya se observa en el mundo. Ralentización no supone recesión y es bueno advertir que parecía improbable seguir creciendo a tasas anuales próximas o superiores al 3%. Una demanda embalsada (muchas familias habían pospuesto decisiones de compra por la crisis), los famosos vientos de cola que empujaban nuestra economía, los problemas en mercados turísticos alternativos, o la disminución paulatina del intolerable nivel de paro provocaron esa recuperación.  Nos encontramos, espero, con que no hemos aprovechado estos años de bonanza para corregir los desequilibrios en los que vivimos inmersos, con un nivel de deuda pública asfixiante, con decisiones que machacan la competitividad de las empresas españolas, el encarecimiento de la contratación de empleados elevando cotizaciones –un escándalo- o elevando el salario mínimo, nos hace ser más frágiles ante la finalización del impulso que nos beneficiaba. Las familias han repuesto lo que precisaban y que habían pospuesto (lo dice BBVA Research), los destinos competidores se recuperan, el precio del petróleo ha remontado, los tipos de interés empezarán a incrementarse y los programas de compra de deuda por parte del Banco Central Europeo finalizan. Se preguntaba en una reciente portada The Economist cómo de dura será la próxima crisis. Lo importante, querido lector, es que a usted le pille prevenido. El gobierno, como siempre, no lo estará.

Antonio Salazar, director de La Gaveta Económica