Cuando Paula Ordovás se sienta frente a nosotras para protagonizar la primera portada de 2026, hay algo que se percibe desde el primer minuto: no hay personaje. No hay prisa. No hay armadura. Solo una mujer dispuesta a hablar desde un lugar honesto, incluso cuando eso implica volver a mirar zonas incómodas del pasado.

Para The Pocket Magazine este encuentro tiene algo de círculo que se cierra. En 2017 ya aparecía una pequeña reseña suya en nuestras páginas, cuando aún firmaba como My Peeptoes. Casi una década después, Paula vuelve, transformada, consciente, más en paz, con nuevos retos y un nuevo rol, el de divulgadora transformacional. 

Vestido Malne. Zapatos Manolo Blahnik.

Le lanzamos una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién es Paula Ordovás hoy?

Durante años habría respondido con títulos. Periodista. Empresaria. Creadora de contenido. Hoy, no. Hoy se define desde otro lugar. Paula es una mujer enérgica, creativa, profundamente pasional, amiga de sus amigos, cariñosa, con poca paciencia —aunque confiesa que la está trabajando— y, sobre todo, con algo que le ha costado mucho construir: amor propio. Si tuviera que resumirse en una palabra, lo tiene claro: fortaleza.

Esa fortaleza no apareció de la nada. Durante mucho tiempo convivió con otra versión de sí misma: Paula la Superwoman. Un personaje que creó para sobrevivir cuando no tenía herramientas emocionales. Un escudo. Un método de defensa. Una forma de seguir adelante sin entender del todo qué le ocurría por dentro.

A los cuatro años, Paula fue víctima de abuso sexual infantil. Lo vivió entre los cuatro y los seis años, justo cuando se está formando la personalidad de un niño. “No sabía ni siquiera nombrar cómo me sentía”, recuerda. A esa experiencia se sumó algo que dejó una huella igual de profunda: la falta de acompañamiento de quienes debían protegerla.

Creció con una identidad fragmentada, intentando construir una personalidad “como podía”, sin educación emocional, sin un lenguaje para el dolor. Y durante décadas, ese dolor permaneció encerrado.

Escribiendo La chica de los ojos marrones, Paula hace una introspección dura y valiente. Pero hay un momento clave que marca un antes y un después: su discurso en los premios Fearless. Aquel día recibió un reconocimiento como influencer con valores. Decidió no enseñar el discurso a su equipo. Y, frente a todos, dijo en voz alta lo que nunca había dicho: que había sufrido abusos sexuales, maltrato psicológico y que había crecido en una familia desestructurada.

 “Aquí donde me veis, he sufrido más de 4 años de abusos sexuales, maltrato psicológico, he crecido en una familia completamente desestructurada y alejada en cuanto a los patrones de lo que tenía que ser una familia sana”. 

Tenía 36 años. Acababan de diagnosticarle una depresión severa.

Ver esa palabra escrita —depresión— fue, en sus propias palabras, “un tortazo de realidad”. La Paula perfecta, la que tenía todo bajo control, no lo tenía. Estaba rota por dentro. Y era el momento de reconstruirse.

Durante años había esperado que alguien viniera a salvarla. Hasta que entendió que no iba a ocurrir. La carta final de su libro, dirigida a la niña de los ojos marrones, nace de esa revelación: la única persona que podía salvarla era ella misma.

Hablar no significó estar curada. Significó empezar a sanar. Un proceso largo, pausado, exigente y, a la vez, profundamente transformador. Volver atrás, abrazar a esa niña, le permitió cosas que antes le parecían impensables: convertirse en madre, conocerse de verdad, comprender que la vulnerabilidad no es una debilidad.

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Cuando se le pregunta por la prevención del abuso sexual infantil, Paula no duda: estamos ante una pandemia silenciosa. Uno de cada cinco niños lo sufre. El 20% de la población infantil. Un problema social y de salud pública que se tapa por miedo y vergüenza, y que precisamente por eso se perpetúa.

Habla de prevención desde casa, de enseñar límites desde edades muy tempranas, de explicar que el cuerpo es propio, que existen zonas que no se deben tocar, que hay secretos buenos y secretos malos. Pero, sobre todo, insiste en algo esencial: los niños necesitan ver en los adultos una zona segura. Alguien a quien poder acudir sin miedo, sabiendo que habrá protección.

La creatividad aparece pronto en la conversación. Mucho antes de convertirse en profesión, fue salvación. En lo estético, en lo bonito, en una mesa bien puesta o en un estilismo armónico, Paula encontraba una vía de escape del horror. Esa belleza, a menudo juzgada como superficial, fue una tabla de salvación.

“La creatividad me hizo salir de ahí”, dice. Y sigue formando parte de su identidad. Porque el pasado no la describe. Puede resignificarse. Puede transformarse.

Junto a la creatividad, hay otro pilar fundamental: las personas vitamina. Su núcleo duro. Amigas de toda la vida, su marido, relaciones basadas en admiración, respeto y acompañamiento real.

“Estar al lado de alguien con depresión no es fácil. Ni siquiera quien la sufre entiende siempre lo que pasa por su cabeza. Tener a alguien que no te suelte la mano, incluso cuando tú no sabes explicarte, es alas”.

Durante años, el control y la perfección fueron su manera inconsciente de buscar amor. Si era perfecta, la querrían. Hoy lo entiende con claridad. Esa exigencia extrema era una búsqueda desesperada de seguridad y protección.

Ahora, fluir significa otra cosa. Vivir con defectos y virtudes. Sentirse más querida y más en paz que nunca. Un trabajo que sigue en proceso, porque 36 años de perfeccionismo no desaparecen de un día para otro, pero que resulta profundamente liberador.

La maternidad llegó sin estar en sus planes. Durante mucho tiempo la rechazó por miedo: a no poder proteger, a repetir patrones. Hoy, ser madre de Manuela es una de las experiencias más transformadoras de su vida. Tiene miedos, claro. Pero también una certeza: educa desde el amor. Desde la capacidad de pedir perdón. Desde la conciencia de que no existe la perfección.

Cuando habla de comunicación, tecnología e inteligencia artificial, su postura es clara: son herramientas maravillosas si se usan bien. Pero nada debe sustituir lo humano, lo emocional, lo auténtico. En una era de sobreinformación, cree que el verdadero valor sigue estando en lo que conecta de verdad.

Mirando al futuro, Paula no habla de metas cerradas. Habla de camino. De seguir creciendo. De no tener miedo a caer porque sabe que puede levantarse. De pedir ayuda cuando haga falta. De usar su voz como herramienta de impacto positivo. 

Hoy, su influencia ya no se mide solo en estilismos o recomendaciones. Se mide en algo mucho más profundo: en demostrar que se puede salir adelante. Que el pasado no define. Que sanar es posible.

Y que contar la verdad, a veces, es el primer acto de libertad.

https://youtu.be/_DW0QEHLMZg

El vestido que luce Paula Ordovás en las fotografías de la azotea del Hotel InterContinental es una réplica del icónico diseño que Ava Gardner llevó en Forajidos (1946), recreado por The 2nd Skin Co. para la Suite Ava. Un homenaje a la memoria, al cine y a la artesanía, donde la moda se convierte en relato.

Por Paola Bonilla. Fotografía: Francisco Fernández.