Cuando su editora le propuso escribir sobre una de las etapas más difíciles de su vida, Nacho Montes sintió vértigo.
“Es lo primero que se siente cuando alguien te pide abrir una puerta que ya has cerrado”, confiesa. “Los seres humanos tenemos esa necesidad de creer que enterramos el dolor, que al cerrar una puerta lo dejamos atrás… pero no es cierto”.
El escritor y colaborador de The Pocket Magazine reflexiona con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con las ausencias sobre su nueva novela, Flores bajo la nieve (La esfera de los libros). “Aunque mi vida, en conjunto, ha sido buena, hubo momentos tremendamente duros y traumáticos. Pensé que con el tiempo se sanarían solos, pero no —dice—. Volver sobre ellos duele. Duele porque revives. Pero también hay algo hermoso en ese dolor: es una forma de rendir homenaje, de dejar un legado cuando no tienes hijos, una especie de testamento hablado”.
Montes reconoce que escribir esta novela le ha obligado a atravesar puertas que creía selladas: “La del miedo, la del silencio, la del dolor. Y cuando las abres, claro que duelen”. Revivir la pérdida de su madre, la de su marido, esos episodios que marcaron su historia personal, lo enfrentaron de nuevo con la pérdida. “Pero el vértigo, como el dolor para los masoquistas —dice con ironía y una lucidez desarmante—, tiene su punto de placer. Rememorar, recordar, revivir… los autores tenemos esa magia: convertir lo vivido en legado”.
“Ha sido una novela cambiante, como la vida misma”
Estrenar un libro siempre tiene algo de alivio. Montes sonríe cuando habla del día de su publicación: “Estoy muy contento. Es una novela que ha ido mudando de piel a medida que la escribía. Cambió conmigo, con los meses, con los acontecimientos que se colaron en mi vida y que explico en la nota de autor. Dolió escribirla, dolió abrir esa puerta del tiempo, pero fue profundamente satisfactorio”.
Entre las páginas más duras, hay una escena que no se borra: una conversación imaginada con su madre, ya muerta, pero aún presente en casa. “Fue uno de los momentos más dolorosos de escribir —admite—. Igual que aquella noche en la que volví de Valencia, después de presentar mi primer libro, mientras mi marido agonizaba en Madrid. Hice el viaje en silencio, en un coche negro, con un chófer desconocido, las gafas de sol puestas y fingiendo dormir para que no me viera llorar. Pensando todo el camino: no llego, no llego… y no llegué”.
“Hay libros que guardas en una caja negra”
Sobre aquella primera obra, publicada tras la presentación en Valencia, Nacho siente cariño, pero también cierta distancia. “No es una novela, sino una guía de moda con un hilo novelado. Fue mi primer encargo con La Esfera de los Libros y le tengo afecto, pero apenas hablo de él. Es un libro que está guardado, como las cosas que duelen. Dentro de esa caja negra que es la memoria”.
“Las conversaciones con mi familia fueron lo más hermoso”


Si algo disfrutó durante el proceso de escritura fueron las conversaciones que recuperó con su familia: su abuelo Félix, su tía Concha, su madre. “Recordar eso fue precioso. Mi tía Concha era una mujer adelantada a su tiempo, una feminista sin saberlo. En una España donde los hombres tenían la tutela legal de sus esposas, ella decidió no casarse. Le decían ‘la alemana’: rubia, ojos azules, guapa, elegante. Se iba a beber con los soldados a la cantina, disfrutaba la vida y se negó a someterse a nadie”.
La admiración es visible en su voz. “Era una mujer ultramoderna en una España cero moderna”, dice con ternura.
También rememora las charlas con su madre: “Nunca tuve que decirle ‘mamá, soy esto’. Ella lo sabía. Me trataba distinto a mis hermanos, lo intuía, y me acompañó en silencio. Esas conversaciones son el regalo más grande que me ha dado esta novela”.
“Todo lo que cuento es real”
Montes se adelanta a la pregunta inevitable: ¿cuánto hay de realidad y cuánto de ficción?
“Todo es real —asegura—. No quería escribir unas memorias, ni tengo edad para eso. Es una autoficción que abarca mi infancia, mi adolescencia y parte de mi vida adulta, hasta hace una década. Pero las situaciones, los nombres, los escenarios… todo está tomado de mi historia”.
Lo único que ha ficcionado, admite, son los diálogos de su niñez. “Un niño de siete años en 1977 no habla como yo hablo ahora. Pero la base es cierta. Solo hay un nombre cambiado: el de Marius, que tomé del personaje de Los Miserables. Fue mi proyecto de fin de carrera y me enamoré de él. Le di su nombre a mi primer amante clandestino, porque su historia era lucha, belleza, revolución… Todo lo demás, absolutamente todo, es verdad”.
En su libro, Nacho también escribe sobre Virginia, su exmujer, una figura que muchos desconocen y que, sin embargo, ocupa un lugar esencial en su historia.
“Sí, Virginia fue un amor real. Un hechizo”, confiesa. “Había tenido relaciones antes, pero lo nuestro fue distinto. Ella era más joven que yo, ingeniera de telecomunicaciones, con una mente matemática, ordenada, disciplinada. Me fascinaba su poder, su inteligencia, su forma de liderar a decenas de hombres en un entorno donde aún no se veía con naturalidad que una mujer mandara. Me enamoré de eso, de su fuerza, de su cerebro y de su cuerpo. Me enamoré de verdad”.
Durante años compartieron vida y matrimonio. “Fue el único amor que he tenido con una mujer”, dice sin ambigüedades. “No soy bisexual; me gustan los hombres. Pero me enamoré de una señora. Así de simple”.
Virginia sigue ahí, presente, como una amiga, como una cómplice. Nacho recuerda con ternura la noche más dura de su vida: su regreso de Valencia tras presentar su primer libro, la misma noche en que su marido fallecía. “Cuando volví a Madrid vinieron a casa mi padre, mis hermanas, y también Virginia. Ella se quedó a dormir conmigo para que no durmiera solo. Al día siguiente yo tenía que volar a Holanda, pero esa noche durmió con unos calzoncillos de Justin, porque era lo más pequeño que había en casa. Era la ropa de mi marido, y ella durmió con ella. Eso define perfectamente nuestra relación: esa mezcla de amor, respeto, ternura y pasado compartido”.
“Es una novela sobre el amor, sobre todos los amores”
Montes lo tiene claro: “Esta novela es sobre el amor por encima de todo. El amor a la familia, a los amigos, a las personas que pasan por tu vida, al recuerdo, incluso al dolor”.
En ella apenas se detiene en uno de sus desamores, Jaime, al que menciona solo de paso. “Porque no era amor. No merecía más espacio en una historia donde el verdadero protagonista es el amor en sus múltiples formas”.
“La política se ha vulgarizado como la sociedad”
Entre recuerdos y confesiones, Nacho también deja espacio para la reflexión política, una mirada lúcida —y desencantada— hacia el presente. “Creo que la política está tan desclasada como el mundo en el que vivimos”, afirma. “Vivimos un desclasamiento humano absoluto. La globalización, que en teoría nos ha hecho más iguales, también ha diluido los valores. Hoy todo vale. Manda el dinero, manda la ambición, manda el poder. Y eso ha vaciado de contenido lo humano”.


El escritor lamenta que la democracia europea, que hace apenas dos décadas parecía el modelo de civilización moderna, “haya retrocedido a una especie de república disfrazada, donde los líderes oprimen a quienes los sostienen con sus impuestos. Hemos retrocedido, nos hemos vulgarizado. Y no solo la política: la sociedad entera”.
Habla con afecto de Albert Rivera, a quien menciona en la novela: “Albert es un amigo. Coincidimos en muchos programas de televisión y nos unió la conversación, el debate. En aquella época aún se podía dialogar. Lo invité a la presentación de Zapatos rojos, justo después de que yo saliera de Supervivientes. Fue casi un guiño, una chispa picante en una fiesta de televisión y cabaret. Representaba lo que la política podía haber sido: un espacio de ideas, no de trincheras”.
“Mientras haya alguien que no pueda decir quién es, habrá que seguir gritando, aunque el mundo se haya vuelto más ruidoso”.
Viajamos atrás en el tiempo, a la juventud de Nacho. En la novela, dedica varios capítulos al Orgullo, a su evolución personal respecto a esta celebración y a los orígenes de La Gandula, una sociedad secreta que fundó en su etapa universitaria.
“La Gandula nació de la necesidad de esconderse”, cuenta. “Éramos seis estudiantes de buena posición, con acceso a ciertos privilegios, que decidimos rebelarnos contra una sociedad que no permitía hacerlo abiertamente. Nos reuníamos en un piso enorme frente al Retiro, no solo para celebrar fiestas, sino para debatir, crear, pensar. Éramos jóvenes, pero sabíamos que aquello tenía un propósito”.
Durante años, sin embargo, Nacho rechazó el Orgullo. “No entendía esa necesidad de vulgarizar la libertad —explica—. No hacía falta disfrazarse ni gritar desde una carroza. Yo ya había gritado mi libertad treinta años antes, cuando en España aún existía la ley de vagos y maleantes, que nos comparaba con delincuentes, violadores o proxenetas. Aquello fue real, yo lo viví con 18, 19 años. No hablo de hace un siglo”.
Con el tiempo, su mirada cambió. “Comprendí que, aunque muchas cosas del Orgullo no fuesen mi estilo, el fondo era necesario. Que esos jóvenes que llegaban a Madrid desde pueblos pequeños necesitaban gritar lo mismo que yo había gritado décadas atrás: que podían amarse sin miedo. Que podían darse un beso en un parque sin esconderse”.
Reflexiona, casi en voz baja: “La libertad no necesita disfrazarse, pero sí defenderse. Y mientras haya alguien que no pueda decir quién es, habrá que seguir gritando, aunque el mundo se haya vuelto más ruidoso”.

“Volver a enarbolar esa bandera, la de La Gandula, aunque fuese desde otro lugar. Volví a prestar mi voz, mi imagen y mi energía al Orgullo, incluso sabiendo que muchas cosas de su iconografía no me gustaban. Pero lo importante no era la forma, sino el fondo”.
“Me considero una persona afortunada”
Cuando se le pregunta si se siente afortunado, Nacho no duda:
“Sí, muchísimo. A pesar de los dolores. La vida es eso: nacer, amar, perder, seguir. He perdido a mi madre siendo joven, he perdido a mi marido muy joven… pero eso le pasa a mucha gente. El dolor es inherente a la condición humana. Y dentro de ese dolor, me siento un hombre afortunado”.
Su fortuna, dice, está en su familia. “Crecí en una familia maravillosa, conservadora, de educación religiosa, pero con una apertura emocional inmensa. Nunca tuve que gritar lo que era. Mi madre lo sabía, mis hermanos lo sabían. En casa nunca hubo que explicar nada”.
Recuerda un mensaje de su hermana mayor tras leer la novela:
“Qué suerte la nuestra, haber crecido en una familia así, en un Madrid del 70, en pleno franquismo, y sentirnos siempre libres.”
“Esa frase me hizo llorar”, confiesa Nacho. “Porque es verdad. En una España donde las reglas sociales eran férreas, en mi casa había libertad. Me dejaban ser. Si de niño quería una polvera o un muñeco, lo tenía. Si de adolescente me enamoraba distinto, no pasaba nada. Es un privilegio crecer así”.
“Volvería a sufrir por volver a amar”
La entrevista llega a su fin y el tema inevitable es Justin, su marido, su gran amor, el alma que atraviesa la novela de principio a fin.
“¿Volverías a pasar por todo lo que viviste esos últimos meses?”, le pregunto.
Nacho sonríe con tristeza serena y rotundidad.
“Ojalá. Si alguien me diera una varita mágica y me dijera: vas a tenerlo de nuevo, aunque sepas que volverás a perderlo… diría que sí, sin dudarlo. Volvería a vivirlo todo —el amor, el dolor, la enfermedad, la pérdida— solo por poder abrazarlo una vez más.”
Guarda silencio. Luego añade:
“Lo mismo haría con mi madre. Volvería a sufrir, solo por volver a vivir con ella unos años más. Porque al final, el dolor es memoria. Y la memoria, cuando se transforma en palabra, se convierte en amor”.
Flores bajo la nieve es, en el fondo, eso: un canto al amor como única forma de trascendencia. “Mi marido es el hilo conductor de esta historia”, concluye Nacho. “Desde el inicio hasta el final. Pero también lo es mi familia, mi infancia, mi pueblo, esa imprenta de Aragón que representa nuestras raíces. Es una novela sobre el amor por encima de todo. Y la muerte, cuando la miras de frente, también es parte del amor”.
La conversación termina entre sonrisas cómplices.
“Gracias, Nacho”, digo.
“Gracias a ti”, responde.
Paola Bonilla



























