Cada edición de los premios de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences intenta capturar algo más que el éxito de una temporada cinematográfica. Busca, en el fondo, medir el pulso de una industria que se reinventa constantemente entre el espectáculo, la nostalgia y el riesgo creativo. La 98ª edición de los Academy Awards —celebrada en el Dolby Theatre de Los Ángeles— dejó claro que el cine de autor, cuando encuentra el momento adecuado, puede volver a dominar Hollywood.

El gran vencedor de la noche fue Una Batalla tras otra, la nueva película del director Paul Thomas Anderson, que se alzó con seis estatuillas, incluidas las de mejor película y mejor dirección. Anderson, uno de los cineastas más influyentes de su generación, confirmó así el reconocimiento definitivo de la Academia a una filmografía que durante años había sido admirada más por la crítica que por los premios.

La gala, conducida por el humorista Conan O’Brien, combinó el tono irónico habitual del presentador con algunos de los momentos más emotivos de los últimos años en la ceremonia.

Los nombres propios de la noche

En las categorías interpretativas, la Academia apostó por actuaciones intensas y complejas.

El premio a mejor actor fue para Michael B. Jordan por su papel en Los Pecadores, una interpretación que consolidó al actor como una de las figuras más sólidas de su generación. Su discurso, en el que recordó sus primeros años intentando abrirse camino en Hollywood, fue uno de los más aplaudidos de la noche.

La estatuilla a mejor actriz recayó en Jessie Buckley por Hamnet, una interpretación profundamente emocional inspirada en la novela homónima sobre la familia de Shakespeare.

En las categorías de reparto, los Oscar dejaron dos historias muy distintas: el triunfo de la veteranía y la sorpresa inesperada. El premio para Amy Madigan por Weapons llegó cuatro décadas después de su primera nominación, un reconocimiento tardío que provocó una de las ovaciones más largas de la noche.

Por su parte, Sean Penn fue premiado como mejor actor de reparto por Una batalla tras otra, aunque su ausencia en la gala dejó uno de los momentos más curiosos de la ceremonia: el premio tuvo que ser recogido por el actor Kieran Culkin quien dijo que recogía el premio porque Penn «no podía o no quería estar allí».

Cine, música y grandes producciones

Otra de las protagonistas de la noche fue Los Pecadores, dirigida por Ryan Coogler, que logró varios premios técnicos y el galardón al mejor guion original.

En el apartado musical, el compositor Ludwig Göransson volvió a demostrar su capacidad para crear universos sonoros inolvidables, llevándose el Oscar a mejor banda sonora.

Entre los premios técnicos, el espectáculo también tuvo su lugar. La superproducción Avatar: Fuego y Ceniza se impuso en efectos visuales, mientras que Frankenstein destacó en diseño de producción, maquillaje y vestuario.

Pequeños momentos que hacen historia

Más allá de los grandes premios, cada edición de los Oscar deja instantes que revelan cómo evoluciona la industria.

La directora de fotografía Autumn Durald Arkapaw hizo historia al convertirse en la primera mujer en ganar el Oscar a mejor fotografía, gracias a su trabajo en Los Pecadores. Un logro que refleja el lento pero constante avance de las mujeres en las áreas más técnicas del cine.

La gala también vivió uno de esos raros episodios que solo ocurren en la historia de la Academia: un empate en la categoría de cortometraje de ficción, algo extremadamente inusual.

Además, este año se estrenó oficialmente una nueva categoría: el Oscar a mejor casting, que reconoce el trabajo —durante años invisibilizado— de los directores de casting en la construcción de una película.

Hollywood, entre el espectáculo y la autoría

Si algo dejó claro esta edición de los Oscar es que Hollywood vive un momento de transición. Las grandes franquicias siguen dominando la taquilla, pero la Academia parece mirar con renovado interés hacia las películas que combinan ambición artística y narrativa.

El triunfo de Paul Thomas Anderson, la fuerza de nuevas voces y el reconocimiento a talentos que llevaban décadas esperando su momento recordaron que, incluso en la era del streaming y las franquicias millonarias, el cine sigue teniendo algo de milagro colectivo.

Porque, al final, los Oscar continúan siendo eso: una noche en la que Hollywood intenta explicarse a sí mismo.