El verano llega puntual. En esta época del año todo parece posible: las temperaturas suben, las prendas se acortan, ya hay sandía en el supermercado y todo el mundo parece contagiarse de esa energía ligera que da el sol y la jornada intensiva. Solo hay que pagar el pequeño precio de enfrentarse al infame cambio de armario.
Confieso que tengo cierta tendencia a acumular. Aún conservo el vestido negro de terciopelo con el que conocí a Quino en los Premios Princesa de Asturias, aunque hace años que ya no me cierra. Tengo siete camisas blancas casi idénticas y ninguna me queda especialmente bien. Y de todos mis bañadores, siempre termino usando el mismo biquini negro.
Pero el problema nunca ha sido solo mi armario. No el de verdad, al menos. El otro, el invisible, pesa más. Allí guardo cosas que no uso pero que tampoco me atrevo a dejar atrás: conversaciones archivadas que escuecen lo justo como para conservarlas, fotos con personas con las que ya no hablo pero en las que salgo guapa, canciones que paso rápido porque me llevan a lugares que prefiero no volver a visitar, y un repertorio de fantasmas de relaciones pasadas que conviven conmigo.
Soy la perfecta coleccionista de recuerdos. La reina de la nostalgia, capaz de sacar brillo a cajas con cosas que dije en 2017 y seguir atesorando versiones de mí misma que ya no existen. Podría hacerlo bien. Ser honesta. Despedirme de quienes ya no deberían tener la puerta abierta, y dejar atrás lo que no me deja avanzar. Pero nunca me han gustado demasiado las despedidas.
Y entonces llega San Juan, con su aire de limpieza espiritual y sus promesas de renovación. Y yo me digo que esta vez sí: ésta es la oportunidad para cerrar etapas. Que hay fuego para quemar lo que ya no es, aunque sea una nota escrita deprisa en el reverso de un ticket. Que regalar un vestido que ya no me entra también cuenta como acto simbólico. Y aunque sé que no es una gran transformación mística, al menos el vestido negro habrá salido del armario.
Sara Herranz



























